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Uruguay: Mario Benedetti, un hombre sin laberintos

Por Cristina Canoura

 

Mario Benedetti.

Montevideo, mayo (SEMlac).- Al sepelio de Mario Benedetti le faltó poesía y música para conjurar el dolor. Apenas una bandada de loros impertinentes, salidos de cipreses entre tumbas, logró quebrar el silencio profundo de cientos de uruguayos, hombres y mujeres de todas las edades, que el 19 de mayo, en un día soleado y tibio, acompañaron al poeta hasta el Panteón Nacional, en el Cementerio Central.

 

Él ya lo había presagiado en su poema "Por qué será": "¿Por qué será que si decido morir nadie me cree? ¿Por qué será que los pájaros cantan después de los entierros memorables?"

 

El suyo lo fue, porque cada uno de los presentes cargó con su pena. No era cualquiera el que había quedado encerrado, a sus 88 años, en un féretro lustroso y pasaba delante suyo cargado en andas.

 

Era el amigo, el compañero de trayectoria, el hermano elegido, el que prestó su voz a los que declararon amor a través de sus poemas, a los que se sintieron identificados con sus denuncias o sus principios de izquierda inclaudicables; era el "hombre entero y sin laberintos", como lo definió en declaraciones públicas el cantautor Daniel Viglietti con su cara llorosa y su voz entrecortada.

 

En el cementerio, una anciana, con acento español, reclamaba entre los presentes: "¿Y es que no vamos a rezar?"

 

Anticlerical y ateo confeso, Mario se hubiera asustado y la habría convencido de que su idea era un disparate.

 

La noticia de su silenciosa muerte, en la tardecita del domingo 17, saturó las líneas de teléfonos celulares: "no detengas esta cadena", exhortaba el mensaje y a continuación difundía uno de sus poemas: "Es tan lindo saber que existes. Uno se siente vivo y cuando digo esto no es para que vengas corriendo en mi auxilio sino para que sepas que tu siempre puedes contar conmigo".

 

Otro SMS difundió un mensaje del escritor Mauricio Rosencof, uno de los rehenes tupamaros de la dictadura militar, quien pasó años encerrado en un pozo: "El mundo te llora. Tal vez el mensaje más profundo que nos dejas es que el olvido está lleno de memoria. Mario, sos inmortal".

 

Colocada en el centro del Salón de los Pasos Perdidos, del Palacio Legislativo, la capilla ardiente recibió durante 12 horas el testimonio de dolor sus leales seguidores.

 

Su cadáver, menudo, guardó su gesto característico, una sonrisa serena bajo su espeso bigote blanco, el que, a diferencia de su cabello, jamás tiñó.

 

Un hombre, envuelto en una bandera mexicana, pasaba lento a su lado. Padres y madres jóvenes llevaban de la mano a sus niños para que conocieran al hombre que marcó una época y una épica en la literatura mundial.

 

En Montevideo, en el casco de la Ciudad Vieja, una familia transformó la ventana de su casa en un altar pagano. Tras los vidrios, exhibieron libros y fotos de Benedetti en diferentes momentos de su vida y colocaron la bandera de su club de fútbol a media asta, tal como lució el pabellón nacional en señal del duelo oficial declarado por el gobierno.

 

Exilio y desexilio

A Benedetti se le identifica en el mundo por su obra literaria: "Poemas de la Oficina", "Montevideanos", "La Tregua", "Gracias por el fuego", "Pedro y el capitán", "Inventario" y "Primavera con una esquina rota", entre los textos más conocidos.

 

Asmático crónico, su sibilante risa o su pausada y fatigada charla daban cuenta del estado de sus bronquios y del paso de las estaciones.

 

Con el asma a cuestas, escribió cerca de 90 libros que fueron traducidos a más de 30 idiomas. Y, también con el asma a cuestas huyó de Uruguay en 1973, recién instaurada la dictadura militar, y comenzó su periplo de exiliado: Argentina, Perú, Cuba, España.

 

En cada uno de los países donde recaló logró integrarse a los uruguayos que allí residían para combatir, a la distancia, al régimen militar.

 

Los exiliados en Perú lo recuerdan especialmente. Sin pudor ni falsa humildad, en Lima, en 1975 lavó platos y jugó al "Scrabble" en veladas de confraternización. Luego, ya en La Habana, escribió para sus fanáticos contrincantes "Palabro, el cruzado", una sátira humorística sobre las trampas y dislates que se cometen con las letras difíciles que van quedando al final del juego.

 

En Perú, que lo había deportado un año antes bajo el gobierno de Velazco Alvarado, celebró las Bodas de Perla, los 30 años de casados, con su esposa Luz López, una mujer silenciosa, experta en el género policial, de humor fino y percepción aguda.

 

Ella viajó desde Uruguay, donde durante años permaneció cuidando a los ancianos padres de ambos. Llevaba en su equipaje una botella de champán nacional y una bandeja de pasteles típicos para conmemorar semejante acontecimiento.

 

En Cuba, en su casa de Alamar, cortaba el pasto como parte del trabajo voluntario que todos sus vecinos emprendían y nunca antepuso su condición de intelectual para eludir responsabilidades ciudadanas.

 

A su regreso a Uruguay, Benedetti sufrió como tantos el desexilio, una palabra que inventó para caracterizar el arduo camino de regreso, el de la reinserción en un país que no era el mismo, ni él tampoco.

 

Sus detractores autóctonos le atribuyen vanidad, soberbia, grisura, despecho, resentimiento e intolerancia.

 

Sin juzgar su calidad literaria, no le perdonan su declarada adhesión a las ideas de izquierda y, sobre todo, su apoyo incondicional a la revolución cubana (incluso en sus errores y desviaciones), el cual tildan de servilismo.

 

Tiempo atrás, un semiólogo caracterizó al Uruguay como el país "de la medianía". Mientras todos estemos en la línea media seremos aceptados y acogidos. Pero ¡pobre! el que descolle. Siempre habrá alguien para cortarle sus alas o para encontrarle espurias justificaciones a su éxito.

 

Algo de eso sucede con Benedetti, a quien recién en 2004 la Universidad de la República le concedió el título de Doctor Honoris Causa, muchos años después que la Universidad de Alicante, España, le otorgara esa distinción. Se desconfía de su generosidad de donar gran parte del Premio Reina Sofía a las organizaciones de defensa de los derechos humanos. No se le perdona ser querido y llorado por multitudes.

 

"Es mejor llorar que traicionar, que traicionarse", respondía el poeta muerto.