Coberturas especiales

Coberturas especiales (27)

México: Los huracanes de 2017 afectaron a miles de veracruzanas
Por Ana Alicia Osorio
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Veracruz, México, enero (SEMlac).- Cuando Estela mira hacia arriba, puede ver los restos de láminas, madera y lodo que quedaron de lo que era su casa, tras el derrumbe del cerro donde vivía. Era de madrugada. De entre los escombros, ella salió con ayuda de sus vecinos al igual que su hija y nieto, pero su yerno no corrió con la misma suerte, y murió.
Ahora, su casa está casi abajo, construida con lonas y láminas; aunque quisiera irse lejos, no puede. Sin recursos para hacerlo, sus vecinos ayudaron a darle un lugar en lo que era un campo de fútbol. Es la colonia Luis Donaldo Colosio, donde el discurso del que fuera candidato presidencial aún está vigente: "La Nación no puede seguir adelante con ese abismo de marginación y de atraso. Tenemos que cumplirles a los pobres entre los pobres".
Para llegar allí se debe caminar cerca de un kilómetro subiendo un cerro, pues los vehículos no pueden ingresar al lugar. Pero no está enclavado en alguna sierra veracruzana, sino en plena capital del estado, donde a la distancia los gobernantes toman las decisiones que conducirán la entidad y donde se habrían fraguado las empresas fantasmas y el desvío de recursos del sexenio pasado.
Cuando el huracán Katia entró en septiembre del 2017 por la costa, hasta allí llegaron las lluvias, y con ello el riesgo, el derrumbe de un cerro, dos muertos y la desgracia. Estela formaba parte de los dos millones y medio de personas de Veracruz que, de acuerdo con la secretaria de Protección Civil, Yolanda Baizabal Silva, están en algún tipo de riesgo por fenómenos naturales en la entidad.
Su casa tenía todo para estar entre las más de 1.000 que necesitan ser reubicadas, según el censo de dicha dependencia y que no han podido hacerlo por falta de recursos en el estado.
"Se ha dictaminado durante varios años que hay viviendas en riesgo. Tendríamos oficialmente dictaminadas más de 1.000 viviendas […]. También [está] el problema económico que atraviesa el estado, y ante la falta de atención de anteriores administraciones, esto ha derivado en que no se han realizado estas reubicaciones", indicó la funcionaria.

Vivir con miedo
"Mi mamá a veces se despierta en la noche y, pues, ahora sí, con el miedo, con el trauma de ese día, algo insuperable", relató Angélica García, hija de Estela, quien contó que a veces en las madrugadas su mamá aún grita al revivir aquel momento. Esa reacción no es para menos, cuenta, pues ese 9 de septiembre fue enterrada viva en un alud de tierra, cuando el cerro se desgajó y se llevó su casa, sus pocas pertenencias y la vida de su yerno.
Su nieto tuvo que ser operado tras el golpe en la cabeza. Cerca de allí, en la misma colonia, hubo otro muerto. La otra hija de Estela, dijo Angélica, se fue de allí, pero ahora vive con su suegra, ya que el salario que obtiene limpiando casas le es insuficiente. "Cuando llueve mucho, pues no [hay que] dormir mucho y estar al pendiente", señaló que así pasa las noches, tras el miedo.
Ella se dedica también al trabajo doméstico y su mamá es ama de casa. La pobreza en que viven, les impide buscar otro lugar. Al igual que ellas, el 17,35 por ciento de las mujeres en Veracruz viven en pobreza extrema en la entidad, según la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2014.
La cifra es mayor en mujeres que en hombres (16,94), por la feminización de la pobreza que personas expertas han planteado. Esa la padecen las veracruzanas, viviendo en zonas de riesgo para evitar pagar los 2.000 pesos de renta (111 dólares), como le pasa a Irma Monfil Perea.
"Nos invitaron una gente. Vivíamos por allá. Estábamos rentando; nos cobraban 2.000. Era mucho", relató otra de las habitantes de la colonia Luis Donaldo Colosio, quien solo alcanzó a escuchar de lejos el estruendo que provocó la caída de la vivienda, el riesgo y el rescate. Prefirió quedarse en su casa de lámina a resguardarse del frío, junto con los más pequeños de sus 10 hijos.
La colonia es una de las tantas irregulares que existen en el estado de Veracruz, donde las personas que la habitan no tuvieron que pagar para poder vivir allí, y construyeron sus viviendas con lo que pudieron, hasta con material de desecho, como las lonas que los partidos políticos usaron en campañas.
El huracán Katia provocó, además de dos muertos, más de 200 viviendas inundadas, evacuaciones y cultivos echados a perder. Por él se declararon en desastre 73 municipios de Veracruz, entre ellos Xalapa, donde la familia de Estela vivió los daños. Ella y varias vecinas fueron reubicadas con ayuda de quienes vivían en la misma colonia.
Un mes antes, en agosto, el huracán Franklin impactó en la entidad. Aunque se aceptó una emergencia para 70 municipios que se vieron afectados por las lluvias y vientos con inundaciones de viviendas, pérdidas de cultivos y daños en la infraestructura, no hubo una declaratoria de desastre por parte de la Secretaría de Gobernación.
Un mes después, en octubre, otra lluvia severa desbordó ríos e inundó varios municipios de la conocida Cuenca del Papaloapan, lo que provocó otra declaratoria de emergencia más.
En total las emergencias del 2017 en Veracruz otorgaron alrededor de 300 millones de pesos (16 millones 666.666 dólares) para reconstruir caminos, carreteras y otras acciones que se necesitaban de manera urgente, indica la Secretaria de Protección Civil.
Sin embargo, Ángela no verá ni un peso de allí, y aún deberá esperar a que haya recursos suficientes para reubicarla, si con suerte está contemplada en el censo de emergencia, pues aún no llega el dinero para la reconstrucción ni saben de cuánto será el fondo, según Baizabal Silva.
Tampoco verá nada de los 81.592 millones de pesos (4.532 millones de dólares) que tiene este 2018 asignados para el área de Protección Civil, presupuesto insuficiente para las reubicaciones, pero además tuvo un recorte de 7,5 por ciento con respecto al año pasado.

Cuando el río suena…
Los colores pintorescos y el olor a río inundan Tlacotalpan. Algunos turistas pasean por la zona, mientras que la "Perla del Papaloapan" muestra su esplendor como Ciudad Patrimonio de la Humanidad.
Pero no siempre ha sido así. Cada año, quienes habitan el municipio deben vigilar el nivel río, que al subir inunda sus casas llevándose todo a su paso. Así pasó en octubre, cuando un desbordamiento más hizo que levantaran sus pertenencias, como una comparsa ya ensayada.
Las mujeres son quienes se convirtieron, sin querer y sin saber, en una especie de comité de protección civil, pues son las que vigilan el río para dar la instrucción de cuando es necesario recoger sus cosas y huir el lugar.
"Las camas, los muebles, se hacen con blocs y se alzan con pitas o con un tapanco […]. La mujer [vigila] porque todo el tiempo está en la casa y él anda trabajando", afirmó Maribel Hernández, en un municipio donde asegura que gran parte de las mujeres se dedican al hogar y otras limpian viviendas ajenas, hacen comida u otros trabajos domésticos.
"Las mujeres se dedican a la limpieza de hogares y amas de casa, las que tenemos niños no podemos disponer de tiempo para trabajar. Algunas pueden y otras no", explica Milagros Vergara Cruz, a quien ya le tocó ver cómo se pierden todas sus pertenencias en una inundación. Ahora las cuida cada vez que el agua sube de nivel.
"Cuando podemos sacar sacamos y cuando no, se nos pierde todo", sentenció.
A ella le gustaría irse de la orilla del río donde vive, dijo, pero la falta de dinero le ha impedido dejar su casa que está rodeada de viviendas construidas en segundos pisos o con cimientos que parecen altos muros.
Contó que algunos gobernantes les han dicho que es necesario reubicarlos, pero nunca se ha realizado ninguna tarea concreta. "La verdad, es que aquí somos todos de escasos recursos. Supuestamente habían dicho que iban a darnos un lugar, creo que no aquí en la orilla. En otro lugar […]. Pero acá, la verdad, es que somos muchos, y creo que no les da el presupuesto. O no sé, la verdad", agregó con preocupación.

Las violencias ocultas

De la Redacción / Foto: SEMlac

 

La violencia contra las mujeres se manifiesta de formas diversas y a menudo es un hecho oculto, naturalizado, invisible, que se enmarca en una estructura social patriarcal. En la mayoría de los casos, las mujeres se encuentran en una posición de subordinación con respecto al hombre, por lo que son más vulnerables ante la violencia. Esto explica que, en su cotidianidad, se presenten con frecuencia una serie de prácticas sutiles de violencia que a menudo no son identificadas como maltrato.

 

Todas están pautadas por el ejercicio del poder masculino y conforman una vía de autoafirmación de la identidad de los hombres a partir de la construcción de las masculinidades en una cultura machista. ¿Qué ocurre con estas maneras sutiles de maltrato cuando estas mujeres son muy jóvenes? ¿Cómo se manifiestan? La doctora en Ciencias Iyamira Hernández Pita, socióloga, profesora e investigadora auxiliar del Centro Integral de Salud del municipio de Boyeros, en La Habana, conversa conSEMlac a propósito del tema.

 

¿Qué entendemos por microviolencias y violencia sutil?

 

Las microviolencias son pequeños, casi imperceptibles controles y abusos de poder cuasi normalizados que los varones ejecutan permanentemente. Son formas de dominación suave, modos larvados y negados de dominación que producen efectos dañinos que no son evidentes al comienzo de una relación, pero se van haciendo visibles a largo plazo. Dada su invisibilidad, se ejercen, generalmente, con toda impunidad.

 

Buscan reafirmar la identidad masculina, asentada con fuerza en la creencia de superioridad con respecto al sexo femenino. Por ende, constituyen una forma de violencia que puede ser tan dañina para las mujeres como la propia agresión física.

 

¿Cómo se manifiestan estas formas de maltrato en las relaciones de pareja y noviazgo entre las personas más jóvenes? ¿Cuáles son sus consecuencias más evidentes?

 

Las microviolencias aparecen desde la etapa de noviazgo, entre los más jóvenes, como los primeros signos de alarma, donde el agresor va tanteando la personalidad de su víctima y comienza a ejercer control y poder desde el discurso sexista simbólico, a través de los silencios, la falta de intimidad propiciada por el varón, la desautorización, buscando la infravaloración de la mujer, la no participación del varón en lo doméstico, el aprovechamiento y abuso de las capacidades femeninas, la manipulación emocional, la intimidación, el control del dinero, el victimismo, el seudo apoyo o el hipercontrol. Este orden simbólico arbitrario se instaura sobre la diferencia sexual.

 

De esta manera se instituye la violencia simbólica. Esta forma de maltrato impone una coerción que se crea por medio del reconocimiento distorsionado que la parte dominada -las mujeres-, presta a la dominante -los hombres-, al no disponer, para pensarlo y pensarse a sí mismas, más que de instrumentos de conocimiento que tienen incorporada, naturalizada, la relación de dominación.

 

De tal forma, la violencia simbólica encuentra su eficacia y confirmación en el propio comportamiento de las mujeres mediante el “amor fatal”, que lleva a las víctimas a entregarse y abandonarse al destino al que socialmente están consagradas. En consecuencia, se instaura y la víctima queda atrapada en el ciclo de la violencia que se prolonga en este tipo de relación de pareja. Los daños pueden asociarse a conductas de depresión, miedo, autoagresiones, suicidio y muertes por violencia de género, en su máxima expresión.

 

¿Qué caminos seguir para la atención y prevención de estas formas de violencia? ¿Por dónde comenzar?

 

Considero que se ha logrado visibilizar el problema, no quizás como quisiéramos, pero aún debemos ganarle el tiempo a la prevención. Para ello, los medios de comunicación, en particular la televisión y la radio, serían espacios importantísimos para la comprensión, sensibilización y compromiso con el tema.

 

Debemos crear espacios para el debate, con presencia de expertos en el tema; ofrecer películas, testimonios, documentales, sesiones de derecho y violencia, donde se involucre a los proveedores y decisores de las instituciones educativas, de salud y control social, para que las personas se informen y se orienten en materia de derechos y conocimientos generales sobre estos asuntos. Soy del criterio de que lo vivencial moviliza la conducta y debemos aprovechar la ventaja que ofrecen los medios para ello.

Los estereotipos son prisiones  para la plenitud humana

Por Sara Más / Foto: SEMlac

 

A la condición biológica y cultural que se erige sobre el sexo femenino, las mujeres lesbianas agregan otra que les depara múltiples violencias y discriminación: no cumplen muchas veces con los roles y estereotipos que la sociedad y sus imaginarios les asignan. Rompen todos los moldes, transgreden las dinámicas prestablecidas, desdibujan el patriarcado, en ocasiones, con su sola presencia.

 

La lesbofobia, una forma de discriminación y violencia que viven estas mujeres por el solo hecho de amar a otra mujer, transcurre muchas veces en el silencio, cuando no en el más público rechazo. Los actos violentos que viven las jóvenes lesbianas son “muchísimos”, asegura Teresa de Jesús Fernández, coordinadora de la Red de Mujeres Lesbianas y Bisexuales del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex).

 

¿Qué tipo de violencia viven las mujeres lesbianas jóvenes?

 

La primera es el rechazo social en general, porque la mujer lesbiana goza de mucho menos aceptación, incluso, que el hombre gay. Quizás porque en el imaginario social se representa al hombre gay agradable, sonriente, y a la mujer lesbiana como que muy concentrada, seria, y esas cosas hasta a lo mejor ni siquiera gustan. Ellas sufren, sobre todo, si son estereotípicamente muy masculinas, aunque sufren también si son muy femeninas, porque tampoco se corresponden con el imaginario de una mujer lesbiana; es como si nunca lograran ubicación. Pero, aparte de eso, sufren rechazo porque se supone que es una mujer que no se ocupa de su casa, que nunca tendrá familia. Se dan por presupuestas tantas cosas que no corresponden a la realidad de la mujer lesbiana, que ya por ahí el prejuicio va caminando solo.

 

Y cuando se trata de niñas, adolescentes y jóvenes, ¿qué actos violentos marcan sus vidas?

 

Muchísimos. En la familia marca el rechazo por ser una niña que está creciendo, por ejemplo, sin seguir todos los cánones que se supone debe seguir en la construcción de lo femenino; eso puede ser un problema en la familia. Muchas veces a madres y padres les molesta lo que ellos llaman una niña masculinizada, marimacho; el propio epíteto es una ofensa muy fuerte.

 

En las escuelas pasa lo mismo. Cuando son niñas que no se unen con las otras niñas para hablar de las mismas inquietudes: que si el novio, que si los zapatos, que si la sayita y los tacones, o el pelo… También se crea un rechazo porque les falta esa parte de conciencia más acorde a lo que se supone que las adolescentes hablan cuando están en grupos; no entran en esos secretos que entran las niñas a esa edad y eso las hace sufrir también Y como los varones no pueden verlas como un objeto de deseo, entonces las agreden. O peor: las persiguen por aquello de que, si es una mujer lesbiana, ellos son los muchachos que las van a corregir y eso también es una violencia muy fuerte.

 

En los imaginarios de las poblaciones, incluidas la población joven, hay criterios muy conservadores respecto a las mujeres lesbianas y trans. Claro, porque si se sigue pensando que el hombre es el proveedor, el que domina, el que tiene la última palabra, y la mujer está en función del hombre.

 

Pero la mujer lesbiana escapa todo eso. Ella no espera que el hombre tenga la última palabra, no está a su merced ni espera a que él la autorice… Y ya, ahí mismo cae, digamos, en la falta tremenda de no estar subordinada al hombre y por eso sufre también discriminación.

 

En algunos aspectos los jóvenes no están avanzando, no están siendo más abiertos ni más inclusivos; no están siendo más comprensivos con la naturaleza humana. Al contrario, se están encasillando en un rol específico: el del hombre y la mujer de un cierto tipo. Y eso es peligroso, porque además de ser un conservadurismo de la peor clase, daña a muchas personas que no quieren seguir unos roles que las aprisionan.

 

¿Cuál pudiese ser una propuesta que ayudara a cambiar esos imaginarios?

 

Lo primero es educar en que los seres humanos no tienen por qué estar enmarcados en roles específicos y entender que el género es una construcción artificial, cultural, que responde a una ideología de dominación y de poder, en la cual la mujer está por debajo del dominio patriarcal.

 

¿Y la mujer lesbiana?

 

 

Imagínate, es una rebelde, una disidente, por no acatar el poder del hombre. Entonces se ve como algo más peligroso. Suele ser muy incómoda. Lo primero que hay que enseñarles es que los seres humanos somos seres humanos y hay que empezar a desligar que los seres humanos tenemos que cumplir roles específicos que, al final, crean una cárcel alrededor de la expresión de ese ser humano que somos, en nuestra plenitud.

Una red para andar

Por Lirians Gordillo Piña / Foto: SEMlac

 

Yuris Enriques Delgado es una joven ingeniera informática graduada de la Universidad de Camagüey, en el oriente del país. Actualmente trabaja como programadora en la Dirección Provincial de Cultura. Su historia ejemplifica la importancia de las redes de apoyo para enfrentar la violencia y la discriminación.

 

“Quiero crecer cada día como profesional y como persona, aportar mi granito de arena para cambiar lo que debe ser cambiado. Tener mi propio espacio y vivir con mi pareja”, afirma Yuris.

 

¿Qué apoyos han sido fundamentales en tu vida?

 

Fui una persona afeminada toda mi vida y la sociedad se esfuerza en excluirte. Yo, que no sabía lo que era en aquel momento, me vi etiquetada desde que era un niño.

 

Desde el principio mi familia se dio cuenta de que me gustaban cosas diferentes, que caminaba diferente, jugaba de manera diferente. Y cuando digo diferente me estoy refiriendo a que me atraía lo que usualmente se le asigna al sexo femenino.

 

Entonces mi familia se preparó con tiempo, para cuando yo fuera mayor; me familia me apoyó bastante desde el inicio porque no me discriminaba ni sacaba a relucir el tema de mi identidad y orientación sexual, simplemente me dejaban que viviera mi vida y que fuera decidiendo.

 

Mis amistades fueron muy importantes, sobre todo, en la adolescencia, porque eran las personas con quienes yo compartía mis visiones, mis criterios y quienes dialogaban conmigo. Es muy bueno conversar con otras personas que te ayuden a ver otros puntos de vista, porque a veces estás tan concentrado en los problemas que no encuentras la solución.

 

Comencé a vestirme de mujer por una casualidad, para una fiesta de disfraces en tercer año de la carrera. Una amiga lo sugirió y lo hice. En la fiesta fui una sensación. Ahí comenzó el proceso. Otras amistades trans me ayudaron mucho y me instruyeron.

 

Yo les agradezco mucho a mi familia y a mis amistades. Gracias a ellos soy quien soy y he llegado hasta aquí.

 

¿Cuáles obstáculos tuviste que enfrentar en este camino?

 

Yo creo que los obstáculos se los pone una misma, pero hay que reconocer que otras personas te hacen difícil el camino. Quizá me demoré un poco en llegar a vestirme de mujer porque la sociedad no lo ve bien.

 

En las escuelas, el bullying (acoso) es evidente y las personas te rechazan. Pero en las universidades los reglamentos no restringen mucho. Al menos, desde mi experiencia.

Es muy importante educar al profesorado de todos los niveles de enseñanza. Pero en las universidades es fundamental porque de allí salen los futuros profesionales, dirigentes del país, padres y madres. Y si el profesorado no está sensibilizado, tampoco lo estarán las personas que luego, en el espacio laboral, a partir de su desconocimiento, van a generar rechazo y bullying en los centros de trabajo.

 

¿Qué recomendaciones darías a otras muchachas trans?

 

Yo les diría: ¡sé tú misma!, porque al final vas a vivir una vida ajena que no te pertenece. Y siempre van a existir dificultades, vistiéndote de hombre o de mujer. Hay otras personas que lo hacen, siguen adelante y tienen una vida. Hay que dar el primer paso porque, si no, no vas a saber si lo que viene es bueno o malo.

 

Una tiene que trazarse objetivos y reconocer los obstáculos para avanzar, porque una vez superados, la meta está más cerca. La educación es lo más básico, porque en este país necesitas estudiar. El nivel medio es lo mínimo que te exigen para trabajar. Si no estudiaste, ¿cómo vas a buscar un empleo?

 

 

En las escuelas es muy complejo, porque son muchos adolescentes y jóvenes reunidos en un mismo lugar, con personalidades y pensamientos muy diferentes. Pero no puedes enfrentar con violencia a alguien que te está violentando, porque generas más violencia y, probablemente, el más perjudicado seas tú mismo. Mi consejo es tener oídos sordos a ciertos comentarios, pues muchas veces la gente no piensa lo que está diciendo y haciendo. También hay que apoyarse en las amistades para la comunicación con otras personas a quienes no tiene que gustarle tu forma de vestir o de ser, pero sí tienen que respetarte.

Acoso laboral: quedarse callada no es una opción

Por Sara Más / Foto: SEMlac

 

La edad, la procedencia social, el nivel de escolaridad, la cultura acumulada o la solvencia económica no son factores que puedan evitar o influir la ocurrencia de la violencia hacia las mujeres y las niñas. Cualquier mujer puede vivir situaciones de violencia por el solo hecho de ser mujer, pues la cultura machista y patriarcal se ha instalado por siglos en la civilización humana.

 

Así ocurre con el acoso laboral, un tipo de maltrato del cual no son ajenas tampoco las muchachas jóvenes, una vez que entran en contacto con ese entorno, como advierte Liset Mailen Imbert Milan, jurista de los Servicios de Orientación Jurídica del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex).

 

¿Están expuestas las jóvenes al acoso laboral? ¿Cuáles son las formas más frecuentes en que se manifiesta?

 

Cualquier persona está expuesta a ser acosado en el entorno laboral, en sus diferentes manifestaciones, tanto en el sector público como en el privado. Tal vez lo más evidente, en el caso de las jóvenes, es el acoso sexual o con requerimientos sexuales, pero las nuevas formas de gestión, los altos niveles de competitividad, la crisis financiera y, por qué no, la transformación que también han tenido nuestros valores y la sociedad están permitiendo no solo nuevas manifestaciones de violencia, sino que una vez identificadas también aumenten las denuncias y es en este punto donde está el acoso psicológico en el entorno laboral.

 

Las jóvenes tienen exigencias especiales en relación con su edad, la relación que ello tiene con la reproducción y también por su belleza, apariencia física y el vestuario, aspectos que a veces son más importantes que el currículo o el resto de las motivaciones profesionales.

 

El acoso implica una permanencia en el tiempo y una determinada frecuencia, con conductas como evaluaciones excesivas, controles innecesarios, invasión de la vida privada, cuestionamientos a comportamientos y decisiones en el entorno laboral, llamadas de atención en público, no permitir las vacaciones o moverlas sin previo consentimiento de las trabajadoras; estas son algunas de las acciones que frecuentemente son denunciadas.

 

¿Existen herramientas legales en Cuba para detectar y denunciar estos casos?

 

Detectar implica conocer y esto a su vez está estrechamente relacionado con el conocimiento que se tenga o no del acoso por ambas partes (víctima y acosador), de cuáles son las conductas y hechos que pueden ser consideras como acoso. Considero que debieran de existir y, más que existir, implementarse instrumentos que permitan la detección temprana, la toma de decisiones y la ejecución de acciones efectivas en este sentido.

 

La denuncia sí es posible; primero, por lo refrendado en nuestra Constitución en relación con los derechos, deberes y garantías de todos los ciudadanos cubanos según sea el caso, incluso por la vía penal. Pero ahora nos ocupa el entorno laboral y, en ese sentido, nuestro Código de Trabajo establece la obligación que tiene el empleador de velar por la integridad física, moral y psicológica de sus trabajadores.

 

Todavía es insuficiente lo regulado en relación con el proceso y los medios de prueba permitidos por la ley, por una parte, y tenidos en cuenta desde la praxis, por otra, para demostrar los hechos de acoso.

 

Soy del criterio que deberíamos instaurar lo que teóricamente y en varios países se denomina “inversión de la carga de la prueba”. Esto significa que prueba quien este en mejores condiciones de hacerlo. Son temas sensibles, ocurridos en la mayoría de los casos sin testigos, o los que están son “mudos”.

 

Debe primar siempre el principio “Indubio Pro Operario” (en caso de duda de cuál es la ley aplicable, siempre la más beneficiosa al trabajador) y velar no solo por la legalidad, sino también por los indicadores relacionados con la salud, la calidad de vida, la productividad y el clima laboral. Hacer un entorno laboral pacífico y libre de violencia es responsabilidad de toda y todos.

 

¿Cómo debe actuarse cuando ocurre?

 

Denunciar, siempre denunciar; quedarse callada NO es una opción; si no, ¿cómo se conoce?, ¿cómo tomar medidas?

 

No es saludable atacar los efectos sin tener en cuenta las causas. En caso de acoso laboral, además de acudir al órgano de Justicia Laboral de Base y el resto de los factores presentes en las diferentes instituciones, se puede visitar la Fiscalía en todas sus instancias y niveles, el Cenesex, el Centro Oscar Arnulfo Romero e incluso la Policía, según sea el caso.

 

¿Cómo prevenirlo?

 

Con estrategias integrales e integradoras, que comuniquen desde un enfoque multidisciplinario las conductas que tipifican como acoso; las normas, deberes y derechos de trabajadores y directivos.

 

También con mejor organización de las estructuras empresariales y niveles de acceso y de comunicación, así como vías para denunciar los hechos considerados como violencia, acoso, discriminación y las instituciones competentes para resolverlo.

 

 

Las estrategias comunicacionales deben construirse colectivamente, con participación de instituciones, ONGs y centros de investigación. Por otra parte, deben tenerse en cuenta las encuestas a víctimas y victimarios que permitan perfeccionar todo el trabajo desarrollado y futuro.

Violencia en el noviazgo llega a entorno virtual

De la Redacción / Foto: SEMlac

 

Empujones, pellizcos o jalones de pelo; prohibiciones acerca de qué ropa llevar o cómo arreglarse el pelo están presentes en los noviazgos entre estudiantes universitarios cubanos, según diversas investigaciones realizadas en los últimos años. La doctora en Sociología Magela Romero Almodóvar, autora de algunas de ellas, comprobó además que estos mecanismos de control se van trasladando también a los espacios digitales, de las tecnologías y las redes sociales. En el fondo, a juicio de esta experta, subyace la persistencia de estereotipos de género que llevan a las muchachas a posiciones de subordinación en relación con los hombres y, a menudo, a ser víctimas de maltrato.

 

¿Cómo se manifiesta más comúnmente la violencia de género en el noviazgo, sobre todo entre estudiantes universitarios?

 

Hace unos años se realizaron investigaciones con estudiantes universitarias que cursaban primer año de sociología en la Universidad de La Habana, muchas de las cuales habían sufrido violencia en el noviazgo, de tipo psicológica o física, evidenciada por empujones, pellizcos o jalones de pelo. Las muchachas entrevistadas también reconocieron presiones y prohibiciones con respecto a la ropa que debían usar o las amistades. Igualmente, confirmamos una naturalización de los celos como una prueba de amor, cuando en realidad son instrumento de control.

 

Resultó significativo que las manifestaciones de violencia en el noviazgo no eran percibidas por las muchachas como tal; estaban más bien naturalizadas como parte de la socialización de pareja, contribuyendo a legitimar un esquema de relación amorosa donde las mujeres tienen una posición de subordinadas "naturales" y acarrean limitaciones femeninas en determinadas etapas de la vida para decidir sobre su cuerpo e incluso sobre proyectos profesionales y estudiantiles.

 

¿Están llegando esos mecanismos de control a las nuevas tecnologías incluso en Cuba, donde tenemos dificultades de conectividad y acceso?

 

Sin dudas. Un celular te permite saber, automáticamente, dónde está la persona y con quién. Aunque en Cuba resulta más limitado, por ejemplo, tirar fotos en el lugar para evidenciar que se está allí y enviarlas al instante como prueba, indudablemente esta telefonía sirve como forma de control, pues permite mantener a la persona localizada todo el tiempo y no se puede renunciar a ella porque es necesaria para la vida moderna.

 

En el caso de redes sociales, como Facebook, resultan otro mecanismo de información y control, pues mantienen una actualización pública de la vida de las personas. Y para ello no hace falta colgar uno mismo el comentario o la foto, porque alguien más te puede etiquetar o mencionar y develar tu estado; una de las limitaciones de usar estas redes sociales es que atentan contra la privacidad.

 

¿Puede prevenirse este tipo de comportamientos violentos? ¿Qué acciones seguir?

 

La prevención debe comenzar con visibilizar qué significan esos comportamientos. Por otra parte, la familia debe estar alerta y documentarse, pues muchas veces, sin darse cuenta, potencia esos mecanismos de control. Por ejemplo, se ve bien que un novio cele a la novia porque "está enamorado", o que la muchacha salga exclusivamente con su pareja, cuando puede compartir con otras amistades. A veces, madres y padres prefieren que las muchachas estén todo el día con el novio porque consideran que están más protegidas; o sea, la misma familia reprime que ella defienda su espacio.

 

Las libertades son necesarias y ese es el tipo de pareja por la que debemos apostar: en la cual cada una de las personas tenga la oportunidad de elegir libremente lo que quiere hacer con su espacio, sobre todo en la juventud, porque pocas veces el noviazgo de esa etapa es el de toda la vida y luego vienen los arrepentimientos por lo que se dejó de hacer al estar junto al novio.

 

En relación con las redes y el uso de las nuevas tecnologías, me parece que debemos apostar por estrategias que sirvan para socializar con la juventud los elementos a favor y en contra que estas conllevan; así como las medidas que deben tomarse para limitar la presencia y actuación de victimarios conocidos o desconocidos.

 

Acoso callejero, más allá del maquillaje cultural

Por Lirians Gordillo Piña / Foto: Internet

 

Cambiar la ruta de regreso a casa, apresurar el paso y evitar una esquina suelen ser experiencias comunes en mujeres jóvenes y adultas. ¿La razón? El acoso callejero, los chiflidos y gritos, las miradas lascivas e incluso roses que agreden y violan el espacio público y personal de ellas.

 

Pero estas manifestaciones de la violencia por motivo de género aún se disfrazan de “expresión cultural”. La académica feminista Ailynn Torres Santana opina que uno de los retos actuales es desmontar los mitos culturales que sostienen el acoso callejero y apuesta por la intervención pública para enfrentar esta forma de violencia machista.

 

¿Cómo se define el acoso callejero?

 

Primero, es importante aclarar que el acoso callejero es parte de un campo más amplio, el de las violencias sexuales y de género. En específico, podemos hablar de acoso callejero cuando la acción, el comportamiento o el gesto social al que nos estemos refiriendo incluyen prácticas con connotaciones sexuales, explícitas o implícitas, que provienen de un desconocido. Es unidireccional (quien habla o hace no considera el malestar de quien escucha, mira o siente), ocurre en espacios públicos y provoca malestar en quien lo recibe.

 

El conjunto de esos cuatro elementos define, en línea gruesa, qué es y qué no es acoso sexual callejero. Si un gesto social se deslinda de esas claves –bien porque sea reciprocado, porque sea solicitado de alguna forma, o por cualquier otra razón–, entonces entraríamos en otro campo. No obstante, muchas veces es difícil discernir las fronteras, teniendo en cuenta que esas situaciones involucran, también, percepciones sociales y códigos que se entienden como universales (muchas veces a desmedro de las mujeres).

 

¿Por qué es importante hablar de acoso callejero como violencia machista?

 

Las violencias machistas, en sus diferentes registros, están invisibilizadas en nuestras sociedades, están naturalizadas en el sentido común. A pesar del trabajo de instituciones, colectivos a iniciativas ciudadanas, es habitual, por ejemplo, que los celos y sus expresiones violentas y restrictivas se consideren parte constitutiva del amor, que solo se considere violencia la agresión física, que la desposesión material de las mujeres en situaciones de separación o divorcio no se lea como violencia patrimonial, o que se califiquen como “piropos” situaciones y comportamientos típicos del acoso callejero.

 

Entonces, es importante llamar a las cosas por su nombre: el acoso callejero es violencia machista y calificarlo así es muy importante en, al menos, dos sentidos: ayuda a comenzar a quebrar la naturalización del acoso callejero –y sus manifestaciones violentas asociadas– y, además, evidencia que el asunto es susceptible de ser tratado dentro de las políticas públicas. Si el acoso callejero parte del campo de las violencias machistas, no se trata “solo” de un contenido “cultural” o “idiosincrático” (como he escuchado decir más de una vez), sino que supone la coartación de derechos y expresa desigualdades y dominación en el ámbito de las relaciones sociales. Requiere, entonces, la participación activa de los Estados, la sociedad civil y de las agencias de sujetos individuales y colectivos.

 

Sin embargo, es una de las expresiones de violencia machista más naturalizada en nuestro contexto. ¿Por qué y qué consecuencias tiene?

 

Como dije antes, muchas formas de violencia machista están naturalizadas de formas casi inauditas. El acoso callejero, ciertamente, lo está en grado superlativo. En el contexto cubano, la naturalización del acoso tiende a explicarse por su asociación con contenidos de identidad cultural, temperamento social, expresión de nuestra “caribeñidad”, etc. Pero eso es falso.

 

En otros contextos culturales el acoso también está naturalizado y se justifica entonces por otras vías. Si consideramos que el acoso callejero es un problema global, transversal a sociedades culturalmente diferentes, a sistemas políticos, a grupos y clases sociales, entonces es evidente que el acoso es imprescindible ubicarlo en el campo del sistema general de subordinaciones al cual pertenece: el patriarcado.

 

El acoso, entonces, está naturalizado porque “encaja” en el sistema de subordinaciones y dominaciones que evidencian las relaciones desiguales de género. El acoso callejero no puede leerse en un registro diferente al de la desigualdad con arreglo al género y a otras pertenencias sociales.

 

Las consecuencias de esa naturalización son múltiples y ya me he referido antes a ellas. La ausencia de crítica frente al acoso callejero naturaliza la violencia en una de sus formas, legitima el ejercicio del poder en el espacio público, reproduce desigualdades en las formas en que las personas se apropian de ese espacio público, naturaliza el hecho de que la calle y el transporte público no son territorios neutrales y que los grados de libertad para hombres y mujeres, al transitar la ciudad, son distintos.

 

Con todo, me interesa dejar sentado que el acoso callejero se funda en un contexto de asimetrías de género y reproduce el poder que otorgan esas asimetrías.

 

¿Qué acciones podrían contribuir a afrontarlo?

 

Las acciones tienen que ser –como en el tratamiento de todos los procesos sociales – multidimensionales. Es necesaria su inclusión como contenido y eje de políticas públicas, también dentro de las agendas de la sociedad civil en sus múltiples existencias en Cuba y además la promoción, desde esas instancias, de que sea una preocupación ciudadana.

 

Es muy obvio que la educación ocupa un lugar central en el campo de las acciones necesarias de emprender en ese sentido. Y me refiero tanto a la educación escolarizada como a la no escolarizada; esto es, la que se agencia mediante los medios de comunicación, los espacios comunitarios y al interior de los hogares.

 

Además, se trata de ofrecer alternativas a las mujeres para la construcción de ciudades seguras en todo lo que eso significa. He visto en otros países, por ejemplo, campañas contra el acoso en el transporte público donde las mujeres pueden denunciar situaciones de acoso estando dentro del transporte; estudios hechos por colectivos ciudadanos sobre la territorialización de la violencia (qué zonas de las ciudades son más propensas a situaciones de acoso u otras violencias, etc.) y ello contribuye a identificar y sectorializar la acción pública al respecto, etc. O sea, hay muchas iniciativas en ese camino que se sabe que funcionan y que podríamos pensarlas para Cuba.

 

Sería imprescindible, también, pujar por la regulación legal de las violencias de género, incluido el acoso. Debemos recordar que en nuestro país no contamos con formas legales que regulen y sancionen ese tipo de violencia. Para encontrar amparo jurídico, las personas afectadas requieren evidencia de la reiteración del acoso; de lo contrario, se califica como “vulgaridad, grosería o casualidad”.

 

A la vez, es necesario reconocer el trabajo de colectivos que intentan colocar en la agenda pública cubana las cuestiones de las violencias de género y otras relacionadas con las desigualdades de género. Vemos publicaciones, campañas de bien público, e incentivos -como esta publicación- para discutir al respecto. Ese es un camino imprescindible para atemperarnos con los debates de la región sobre el tema y aprender de los movimientos feministas que llevan décadas trabajando en ese sentido en América Latina y en otras geografías.

Invertir en un futuro sin violencia

Por Lirians Gordillo Piña / Foto: Internet

 

Desde su experiencia en el trabajo con jóvenes, Yasmany Díaz Figueroa rescata la posibilidad de cambio en estas edades. Afirma que conocer las expresiones y mutaciones de la violencia machista resulta fundamental para “desaprender la cultura patriarcal impuesta por siglos”.

El coordinador de la Articulación Juvenil del Centro Oscar Arnulfo Romero (CEOAR) afirma que “la violencia de género nos enseña a identificar la desigualdad de poder entre los géneros y esa desigualdad, con determinadas particularidades, también se expresa entre muchachos y muchachas en la sociedad cubana actual”.

 

¿Cuáles son las manifestaciones de la violencia de género más frecuentes en estas edades?

Existen diversas expresiones y escenarios donde se suele manifestar la violencia por motivos de género, que se relaciona sobre todo con las características de esta etapa de la vida.

Por ejemplo, el grupo y el escenario escolar son muy importantes en estas edades. La violencia suele expresarse a través de la presión social que ejercen los amigos y que imponen seguir determinadas pautas sobre lo que te corresponde hacer o no. Hay que tener en cuenta la presión constante de quedar bien con el grupo por temor a ser víctima de bullying o acoso escolar.

El bullying es una forma de violencia común, al igual que los piropos, que en muchos casos son ofensivos y dañan a las muchachas.

En las relaciones sexuales, afectivas y de pareja puede darse la violencia sobre la base de los mitos del amor romántico. La posesión de la otra persona o la privación de sus derechos se expresan en frases como “tú eres mía”, “sin mí no puedes salir”, “cómo vas a salir sola”, etc. También es frecuente que se revise el celular de la pareja y se controlen sus relaciones en la vida cotidiana o en las redes sociales.

Las nuevas tecnologías y las redes sociales son una herramienta para el control de la pareja; sirven para el acoso cibernético o la difamación a partir de la circulación no consentida de imágenes eróticas.

Todo esto se socializa y comparte a través de la cultura, desde la familia y la comunidad. Los estereotipos de género impactan en los proyectos de vida de las muchachas. De acuerdo al sexo, se suele marcar qué es lo correcto y “mejor visto” para las muchachas. Así se pauta qué carrera corresponde estudiar, cuándo y cómo constituir familia, cómo comportarse en el espacio escolar, público o familiar y se prefigura la maternidad como destino de la feminidad. Estas demandas generan desigualdades y situaciones que ponen a las muchachas en desventaja social.

 

¿Por qué dedicarle al público joven la Jornada cubana por la no violencia hacia la mujer?

Cuando hablamos de juventud, nos referimos a un momento de la vida que tiene que ver con el desarrollo y la consolidación de determinadas concepciones del mundo.

La juventud, con su propensión al cambio, es capaz de desmontar viejos mitos y es propensa a romper con prejuicios y estereotipos. Me gusta la idea de que esta es una inversión para el futuro. Trabajar las juventudes de hoy nos ayudará a tener mejores adultos mañana.

 

¿Qué debemos tener en cuenta cuando trabajamos con jóvenes?

Se debe partir de una estrategia que conciba a la juventud como protagonista de la participación. No pueden ser solo consultarles o movilizarlos en determinados espacios. Ellos y ellas deben ser quienes piensen en las formas de violencia que existen en sus contextos y cómo, a partir de sus experiencias, pueden ser transformadores de esa realidad.

La Articulación Juvenil que el Centro Oscar Arnulfo Romero (CEOAR) está impulsando tiene que ver con esto. Que sea la diversidad de jóvenes quienes generen espacios de diálogo, sensibilización y aprendizaje. Sobre todo que logren identificar la responsabilidad que tenemos para superar esta problemática.

Trabajar con jóvenes también impone flexibilidad y pensar nuevas formas y maneras de trabajar los temas. No podemos reproducir esquemas y valores que en otras oportunidades nos han resultado, pues la propia juventud cambia y cambian también las percepciones sobre la manera de concebir los procesos.

 

Readecuarnos, facilitar una verdadera participación y que sean capaces de amplificar su voz. CEOAR ha seguido estos principios en su trabajo y se expresa en el hecho de que han sido jóvenes quienes han diseñado la campaña “Eres más”, y también a partir de la Articulación Juvenil que busca potenciar los diversos aportes de jóvenes, proyectos y profesionales en la lucha por una vida sin violencia de género.

 

 

Violencia psicológica, un riesgo del embarazo temprano

De la Redacción / Foto: SEMlac

 

A diferencia de lo que ocurre en otros países de la región latinoamericana y caribeña, la violencia sexual en Cuba no es una causa habitual de la maternidad adolescente. Sin embargo, investigaciones académicas recientes advierten de la presencia de violencia sicológica o sutil entre algunas de las causas de embarazos en edades tempranas, aseguró a SEMlac la psicóloga y doctora en Ciencias Livia Quintana Llanio, del Centro de Estudios Demográficos (Cedem), de la Universidad de La Habana. Quintana defendió a inicios de 2017 su tesis doctoral en torno a este tema, tras mantener durante una década una consulta de ginecología infanto-juvenil.

 

¿Cómo se manifiesta la violencia en los embarazos en edades tempranas?

La socialización violenta en las relaciones de pareja, que se observa mucho en parejas jóvenes, puede ser un factor de riesgo para la ocurrencia de violencia de todo tipo, que puede terminar en embarazos adolescentes.

 

Aun cuando la violencia o el abuso sexual no están entre las causas más frecuentes de los embarazos adolescentes en Cuba, sí hemos constatado su presencia, sobre todo al inicio de las relaciones sexuales, y básicamente desde manifestaciones de presión psicológica, que ocurren muchas veces ante la desinformación y la ausencia de proyectos de vida definidos en las muchachas. Ese inicio de la relación sexual generalmente ocurre de manera no negociada y suele ser la parte masculina de la pareja la que conduce a las muchachas a la relación sexual “como prueba de amor”, generalmente sin protección.

 

Muchas adolescentes, además, inician sus relaciones con hombres mayores que ellas y reproducen estereotipos de subordinación a la parte masculina de la pareja, que por lo general asume una posición de poder, por edad y según los mandatos de género patriarcales. Cuando hay una disparidad en la edad en la primera relación sexual, aun cuando las muchachas declaren haber estado de acuerdo con la relación, son más vulnerables porque pueden responder a chantajes emocionales y presiones de todo tipo.

Otra forma de violencia es el abandono que ocurre cuando salen embarazadas y sus parejas no asumen la paternidad, las abandonan y les niegan apoyo. En cualquiera de esas situaciones, las muchachas quedan en un terreno de vulnerabilidad muy evidente y muy difícil de superar.

 

¿Cuáles son las causas más frecuentes del embarazo temprano que pueden vincularse a manifestaciones de violencia de género?

En general, las investigaciones que hemos realizado confirman que las muchachas, como tendencia, suelen tener descendencia con hombres que las superan entre cinco y 10 años. Algunos de ellos tienen la creencia de que deben dejar un hijo dondequiera que se emparejen, como prueba de virilidad. Entonces ejercen una presión tremenda sobre ellas para que paran y luego las abandonan.

 

Hay que tener en cuenta que muchas veces, en esos casos, las muchachas fueron hijas de madres y abuelas adolescentes, con una historia de abandonos de pareja y la búsqueda de seguridad, de amparo. Se hace entonces un ciclo de mujeres que se embarazan varias veces y se van quedando solas.

Cuando analizamos las configuraciones psicológicas de las muchachas que han pasado por un embarazo temprano, vemos que este estaba fuera de su proyecto: llegaron por no usar adecuadamente los métodos de protección, por las presiones ya mencionadas por parte de sus parejas o por no tener aspiraciones profesionales claras.

Cuando les preguntamos qué método de protección usan, la mayoría coincide en citar el condón o la interrupción del coito en el momento de la eyaculación. Como puede fácilmente comprenderse, en ambos casos estos métodos dependen de la acción y de la voluntad masculina. Ellas no están a cargo de tomar las decisiones.

 

¿Cómo modificar asuntos que están tan directamente ligados a decisiones íntimas, del entorno de lo privado?

La reducción de la vulnerabilidad producto del empoderamiento y control de las mujeres en sus relaciones sexuales reduciría el riesgo a experimentar este tipo de violencia. Igualmente, generar una conciencia de autocuidado en las jóvenes desde edades tempranas. Pero también urge una orientación efectiva desde un enfoque intersectorial y familiar hacia proyectos de vida definidos, que las pongan en capacidad de controlar sus decisiones. Es importante establecer procesos sistemáticos y articulados de educación integral de la sexualidad; enseñar a las muchachas a ser autosuficientes, generarles autoestima.

 

Desde la familia, la escuela, las instituciones de salud y los espacios comunitarios, se debe educarlas para que tomen decisiones de manera independiente, pero también apoyarlas para gestionar las presiones del grupo, o de sus primeras parejas, sobre todo si detectamos que estas son mayores en edad o en posición social.

Muchachas entre la espada y la pared

Por Lirians Gordillo Piña / Foto: SEMlac

 

Ania Terrero Trinquete estudia licenciatura en Periodismo en la Facultad de Comunicación (Fcom) de la Universidad de La Habana. A punto de graduarse, ella reconoce manifestaciones de la violencia machista que hacen diana en sus formas de vestir, en su libertad de escoger y expresarse. Para ella el reto mayor está en la idea de que “en Cuba, aparentemente, no hay problemas”.

“Aparentemente no hay violencia de género, aparentemente no hay maltrato físico, aparentemente las mujeres somos iguales a los hombres y tenemos los mismos derechos. Pero la cultura machista heredada de generación en generación mantiene estereotipos que marcan todo el tiempo la manera en que te ven o no te ven, en la que te evalúan o no”, reflexiona la joven universitaria.

 

Como joven estudiante ¿cuáles expresiones de la violencia de género crees son más frecuentes?

Aunque en Cuba están creados los espacios legales y formales para la igualdad de género, todavía subyacen expresiones de la discriminación. A pesar de ello, creemos que lo tenemos todo resuelto y que no nos tenemos que preocupar.

Puedes preguntarles a hombres y muchachos y te van a decir que somos iguales, pero a la hora de referirse a nosotras, a cómo conciben a las muchachas y las mujeres, te das cuenta de que no es tan así.

A veces no quieres caminar por la calle sola porque te sientes acosada y no es que una no disfrute un buen piropo, un día, pero es más que eso.

Los roles aún están muy marcados sexualmente. Tú puedes trabajar, dirigir una empresa o una organización, pero sigues siendo la mujer que cuida a los hijos, que debe vestirse de una manera determinada, de buena reputación y moral.

Por ejemplo, no puedes tener más de una pareja cuando estás en la universidad porque automáticamente eres mal vista en los pasillos.

Es como las fotos de los 15 años: te presentan en sociedad y tienes que cumplir determinados parámetros y roles para que tus padres estén orgullosos de ti, para que puedas encontrar una buena pareja y para que esa pareja, además, tengas la suerte de que te mantenga, cuide a los niños, te dé el dinero y seas feliz.

Según la norma patriarcal, una joven estudiante universitaria tiene que ser o “la mala de las canciones de reguetón” o la santa que cumple con todo.

 

¿Cuánto pueden afectar a las jóvenes esas presiones sociales?

Puede pasar que las propias muchachas se cuestionen y miren con recelo, las unas a las otras. Si optas por usar ropa corta, si te sabes dueña de ti y asumes tus decisiones libremente, si eres bisexual o tienes más de un novio en toda la carrera, se pone en jaque tu reputación y puede afectar en cierta medida tu vida escolar y hasta tu vida laboral. No se trata de una influencia directa que afecte las notas o la ubicación laboral. Pero, en determinados espacios, se convierte en un freno.

En mi caso, yo fui presidenta de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) en Fcom durante dos años y como tal participé en el Consejo Nacional de la FEU, pues la facultad es invitada permanente. Puedo decirte que en la capital hay muchas presidentas de la FEU mujeres, muchachas empoderadas, de los distintos centros universitarios, pero cuando sales de La Habana son cada vez menos las líderes estudiantiles y más los muchachos.

Como presidenta una podía chocar con preguntas que, de manera directa o indirectamente, me cuestionaban. Me decían ¿y tú siendo mujer cómo puedes controlar tu facultad? O asumían que quien realmente decidía y pensaba era un miembro varón del secretariado.

Todo esto sí afecta, porque la percepción social que se construye de ti, ya sea estudiantil o política, está muy mediada por el estereotipo de género que te está marcando todo el tiempo y te pone entre la espada y la pared, diciéndote: “¡Escoge, o cumples todas las normas a rajatabla (te pintas las uñas, te sacas las cejas, tienes un novio estable durante los cinco años de la carrera, vas de la casa a la escuela o de la escuela a la casa), o eres la que se queda para la fiesta, la que se cuestiona por su forma de vestir, la que cambia de novio!”.

No obstante, existen espacios para el cambio. Aunque los prejuicios estén rondando los lindes, comienzan a establecerse espacios de apertura porque la gente se lo empieza a creer. Esta es una facultad que tiene un historial de campañas a favor de la igualdad, protagonizadas por muchachas y muchachos, y es un espacio bastante abierto.

 

¿Qué recomendaciones darías para el trabajo con las juventudes sobre estos temas?

Yo creo que la principal manera de resolver el problema de género, en Cuba hoy, es hacerlo público y visibilizarlo.

En alianza con la Campaña Únete de las Naciones Unidas, en la Facultad hemos ido avanzando y ceo que hemos logrado que el activismo trascienda el acto formal del día 25 de cada mes y se convierta en un tema de conversación, desde los estudiantes y los profesores.

Lo mismo en temas de género que en cualquier otro tema, lo importante es lograr que los jóvenes se impliquen y sean efectivos en cualquier propósito social, es posible si ellos y ellas se identifican con el tema.

 

Hay que convencerlos de que esta es una lucha importante y no vencerlos. No se resuelve el problema citando en este salón de conferencias a cuatro expertos con estudiantes de periodismo y ponerlos a hablar de diferentes problemas. Se resuelve haciendo fórum y que ellas y ellos aporten sus visiones sobre el problema para, entre todos, construir algo común y que el estudiante termine cuestionándose lo que ya sabe.

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