Varios

Varios (14)

Por Ilse Bulit
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La Habana, mayo (SEMlac).- Por el vestido nuevo ajustado a la casa, lo felicitaban los vecinos. Él sonreía. No gastaba el tiempo en discusiones banales. Esa cerca de bloques lo alejaba del prójimo. Las ampliaciones desdibujaban la línea original de la vivienda fundadora.
Cada mañana, al enjuagar la taza del café madrugador, recordaba que a ella nunca le pudo ofrecer las ventajas del chorro caliente. La hija le hizo la oferta en tono de ofrecimiento. En los ojos del marido brillaba el precio de venta del apartamento situado en el corazón del Vedado, con el aditamento de la vista al mar habanero.
Hablaron de su viudez en soledad, de la reunión de la familia. Él sabía que reunión no significaba unión. El perdería la potestad en los actos individuales, se le disolvería el mando. Emprendería un camino hacia el final, su final. La hija apretaba la mano del niño también incluido en la oferta, quien lo observaba con curiosidad en un olisqueo de cachorro ante el perro mayor encontrado en la calle.
Restaurar, reconstruir, reparar, remodelar son verbos de difícil conjugación en La Habana. Significa cruzar los dedos para la suerte, arrodillarse en plegaria o llenar de frutas la cazuela de los orishas para encontrar operarios experimentados. Serán tratados a cuerpo de rey, sonrisas agradecidas perpetuas en los labios, mientras los ojos les controlan, o por lo menos intentan controlar, la hechura correcta del proyecto.
Esta operación de controlar lo desconocido por parte de los padres, otorgó libertad al hijo, quien descubrió la emoción de abrir las puertas de las habitaciones cerradas. Todavía era muy pequeño para que las soluciones de los juegos informáticos le hipertrofiaran la capacidad del asombro ante un escaparate gigante y una bañadera con patas. Así se encontraron el cachorro nieto y el viejo perro guardián abuelo y decidieron protegerse de los cariños equivocados.
Primero, el anciano le abrió la puerta del escaparate misterioso. Tomaron horas en visitar aquel bazar de antigüedades enanas y vacías de valor de cambio. El viejo perro guardián, en ese afán de los mortales de cobrar importancia, no lo alertó.
En silencio abrió la gaveta de las fotografía. Lejanos los descubrimientos del hielo macondiano en esta familia en reestructuración, idéntico asombro provocaron en el cachorro aquellas cartulinas con bichos inmóviles de ojos asustados que miraban a sus ojos también asustados.
En aquel primer día de un encuentro de las culturas a nivel familiar, poco le importaba que aquellos bichos arribados de una isla lejana le regalaran esos ojos azules. Lo atemorizaba esa piel de tela que solo les dejaba al aire las cabezas. En las modas antiguas de los emigrantes, en sus quemados rostros retocados por el sol caribeño, el anciano le narraba aventuras emocionantes, pero defectuosas. No había héroes.
Mientras, en la casa en vías de remodelación, se desarrollaba una trama policial de capítulos interminables y un costo de producción creciente. La madre, en preparación continua de almuerzos y meriendas. El padre, trasmutado de controlador de calidad en asistente de los ayudantes de los albañiles, fontaneros y electricistas.
El niño quedó olvidado en el dormitorio del viejo. El viejo lo tomó para sí, urdiendo un futuro robo a partir de cierto sentimiento dulzón dejado atrás en la niñez propia.
Las mañanas se hicieron para resucitar al jardín. Unos ojos curiosos merecían el disfrute. Si la mano no tenía fuerza para manejar la guataca, la voz la empujaba recordando la historia de cada planta, el día de la siembra junto a la mujer desaparecida.
La abuela tomó presencia en las historias y el cachorro se la dibujó a su antojo, con una rosa blanca en la mano, esa mano tan suave como la de aquella mamá cercana y lejana a la vez, sin tiempo para acariciarlo.
Las tardes, las tardes eran del barrio. La mano adolorida por la guataca, la manita arañada al arrancar las yerbas en ayuda al abuelo, se apretaban en el paseo, recibiendo saludos de los vecinos viejos. Terminaban siempre en el parque todavía ignorado por el Wi Fi y por los jugadores de fútbol.
El anciano, fuera de las historias reales mostradas en las viejas fotos del escaparate, estaba desnudo de imaginación. Entonces, ante la avidez despertada en el cachorro, contaba sucesos reales ocurridos en el barrio.
Buscaba los alegres, los nacidos por bromas adolescentes y a los otros, las aventuras de la supervivencia humana, les cambiaba los finales ganados por la maldad. Los sabía finales torpes, provocadores de dudas. Se arrepentía de no saber ningún cuento para niños. Si le agradó contemplar a la mujer meciendo a aquella niña, hablándole, cantándole, nunca se sintió parte de esa escena. Le dolía ahora la falta de tiempo para una hija conforme con un beso esporádico y la respuesta repetida en la voz de la madre: "papá tiene mucho trabajo".
Las flores respondieron al cuidado de los dos. En palabras cariñosas, el viejo perro guardián transformado en endulzado abuelo le entregó la primera rosa al cachorro por el buen trabajo ejecutado. Alegre el niño, la tomó y evadiendo las latas de pintura --la casa perdía su carta de color original para entrar en la moda--, buscó en un arranque de ternura naciente a la madre disminuida en esos meses. El padre, atravesado en el camino, le arrancó la rosa y la deshojó a fuerza de dedos y gritos. ¿Qué hacía un macho con una flor en la mano?
Arreciaba la dureza ante los pintores, en demostración de hombre dominador de situaciones prevenibles. Lloroso el niño, corrió de vuelta y chocó con las piernas firmes del abuelo. Los dos hombres intercambiaron miradas. Uno de los operarios, el más viejo, recordó la escena de una película del oeste. Pronto sacarían las armas. Esta vez no estaba en disputa el cofre de oro traído en la diligencia. Se pelearía por el corazón virgen de un niño. Lo llenarían de ternura o de dureza. El viejo pintor, también abuelo, apostó por su coetáneo.

 

Por Sylvia R. Torres
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Managua, febrero (SEMlac).- Conocí a la Maribel Otero por insistencia de la Maga. Ella hace lo mismo que yo hago con los buenos libros, quiero que todo mundo los lea, y los ando prestando y recomendando. 
La Maga quiere integrar en su círculo a la gente que ella ama, a ratos o por largo tiempo; nos quería en ese tiempo a la vez y nos juntó.
La Maribel estaba terminando su tesis de Antropología sobre los brujos de Masaya y yo escribía sobre Sutiaba. Y nos entendimos de entrada; la visité en su casa de Masaya, donde colaboraba con un colectivo de mujeres, y después pasamos un fin de año en mi casa con Jan y la Maga, su perrita, porque amaba los animales y los bautizaba como a sus mejores amigas. La Ana Magaly es una poodle mimada que tenía pánico de mi perro, unrottweiler dulce, grandote; fue todo un trauma. En Holanda, a la Anita le había ladrado un perro grande y pasó en terapia algunos meses. Aquí ninguna; nomás los encerrábamos por turnos y ¡parte sin novedad!
Esa noche comimos, nos emborrachamos y a media noche protagonizamos un duelo de flamenco, yo con falda verde volada y bordada de lentejuelas, y ella en shorts. Paró el concurso porque dijo que si no le daban a ella una falda había truco en la competencia. Le dieron la falda, no sé quién ganó aquella noche. Lo que yo sí gané entonces fue una amiga queridísima, lúcida, solidaria y con una vida asombrosa. Trabajando en la cooperación estuvo en Santa Cruz, Bolivia. Nacida en Toro, Zamora, España, volvió a donde dejó el ombligo los últimos años de la década pasada, a cuidar a su mamá, a envolverse en grupos de mujeres locales y cultivar con Jan sus berenjenas, fresas, chiltomas y demás frutas y vegetales.
Era mágica, desparpajada, agrónoma, militante de la agricultura ecológica, enemiga de la mutilación de las mujeres durante su trabajo en África, antropóloga y maestra de Reiki, que puso en práctica al lugar donde iba, sea este Masaya o Botsawana, Mali, Matagalpa, África. A Bolivia llegó con su esposo Jan Van Putten, holandés, a trabajar con el campesinado, y de allí vino a Nicaragua. 
En los muchos mensajes que pusieron sus amigos en su Facebook, un joven boliviano, ahora profesional, cuenta que un día ella lo atrapó robando. Él le dijo enana de mierda y ella le contestó: pero no te olvides que te quiero. La semana pasada contó cuánto el resto de su vida, mientras trabajaron juntos, ella lo influenció para bien. En Bolivia, ella y Jan fundaron una colonia para la niñez en orfandad.
En Nicaragua participó en la formación de los primeros colectivos populares feministas. Cuando era tan difícil separarse de la sujeción a las tareas del partido, que se llamaba revolucionario y orientaba dejar de lado la lucha contra la violencia, la igualdad de oportunidades, o el aborto seguro, para no enojar a los hombres de los frentes de batalla. Estuvo en Masaya, en Matagalpa y fue parte de toda esa vorágine que se encuentra y desencuentra, pero se renueva, y siempre ha tenido a mujeronas que no dejan caer las banderas feministas. Embarcada en promover la autonomía de los grupos de mujeres de Amlae, la organización de mujeres de los oficialistas 1980; y en alianza con ellas, ayudó a formar el Centro Jurídico de Matagalpa y el Centro de Mujeres de Masaya. Trabajó en apoyo logístico de los grupos salvadoreños y hondureños. Cristina Hijar, mexicana, describió la cualidad de Maribel y Jan para apapachar gente en tiempos muy duros y difíciles, cuando parece que el futuro se cae; lo hizo con ella y su pareja en 1983.
En el África --y cito un periódico local de Zamora, España-- se registra su trabajo como parte de la cooperación española en el área subsahariana, "desarrollando programas de apoyo a la mujer en materias de educación, economía, organización y salud, y dentro de esta última poniendo especial énfasis en el tema de la ablación, en Mali, Mauritania, Senegal y Guinea-Bissau". Maribel denunciaba la ablación como un tipo de violencia de género "de la que no se habla", porque "culturalmente está aceptada y se podría decir que está "legalizada" por asuntos religiosos.
En cuanto a la agricultura, en Masaya enseñaba a criar cabras en establos pequeños y pastoreo abierto. Pero, además de enseñar técnicas, sabiendo que la agricultura es una actividad humana y requiere de balance entre actores hombres y mujeres, denunciaba en un foro registrado en el diario de Zamora que "en muchos países de África y en América latina, es que las tareas más duras las realiza la mujer, pero el hombre no reconoce este trabajo. Resulta que regresé hace un año y me he dado cuenta de que la situación femenina en el ámbito rural en Zamora es lamentable, pues mientras que trabajos más duros, como la recogida, los hacen las mujeres, siguen siendo obreras agrícolas frente a los hombres, que manejan las máquinas".
Cuando la conocí, a mí me dio la impresión de que se había recorrido el mundo, por todo lo que contaba. Con Jan tenía una relación envidiablemente igualitaria, se dividían el tiempo cuando trabajaba uno para que el otro hiciera voluntariado. Jan trabajó con los niños en riesgo de Matagalpa, Nicaragua, y fundó la asociación La Amistad para intervenciones con niños en riesgo. Maribel era experta en ese trabajo de hormiga y grupos de reflexión. En un momento fui parte de un intercambio sobre movimientos sociales a propósito de las opciones del feminismo en Nicaragua, pero sobre todo amaba la agricultura ecológica y soñaba con el acceso de las mujeres a la tierra. En una pequeña finca modelo, en Masaya, la vi trabajando con decenas de campesinas aprendiendo mejores técnicas de agricultura sostenible.
La despido --nos la llevó un cáncer- con las palabras de su compadre Martin Reynolds,? de Botswana: "Maribel, personificaste la alegría, la generosidad y un coraje decidido, y la rebeldía juvenil, con un sentido de desafío duradero encantador y entrañable. Pocas han dejado una marca tan fabulosa en tantas vidas. Sí, nos has dejado muy afligidos, pero también nos has dejado inmensamente enriquecidos con nuestra buena suerte de haber jugado contigo. Yo, por mi parte, honrando a Maribel como le gustaría, voy por lección cuatro de alfabetización, ya Danelia escribe su nombre y sabe leer que: la educación es un derecho de las mujeres".

Por Lizbeth Álvarez Martínez
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México, febrero (SEMlac).- El periodista Guillermo Rivera Vázquez recibió el premio de periodismo por su trabajo "La Rutas Migrantes del VIH", publicado en el portal Newsweek en Español.
El galardonado expresó que estaba interesado en abordar las últimas novedades que había de VIH en México: "Estamos en un contexto de deportaciones masivas y violencia", comentó.
Aseguró que le preocupa el estigma que hay sobre el virus y la falta de difusión en los medios masivos de comunicación sobre el tema. "Es un reconocimiento a la investigación que se hace sobre VIH, específicamente al estigma que sufren las mujeres en México, Centroamérica y en general. Nadie se preocupa por el tema", declaró Rivera.
Como premio a su trabajo periodístico, Guillermo Rivera obtuvo un viaje de ida y vuelta a Fort Lauderdale, en Florida, Estados Unidos, para participar en el taller "Periodismo para un mundo sin sida", a desarrollarse del 17 al 19 de marzo de 2017.
La premiación estuvo a cargo de Aids Healthcare Foundation (AHF) en México, la organización Comunicación y Educación para el Desarrollo (CEDI) y la Casa de los Derechos de los Periodistas.
Por su parte, Gabriela Ramírez Hernández, recibió un reconocimiento especial por su trabajo Kenya, la vida con VIH, publicado por SemMéxicoVeracruzanos.Info y otros medios. Su trabajo muestra la realidad que viven mujeres trans que padecen VIH con un enfoque interseccional ya que muchas son trabajadoras sexuales, que consumen o han consumido drogas y que han estado en prisión.
Judith Calderón, presidenta de la Casa de los derechos de Periodistas, destacó la importancia de hacer visible la situación del VIH y ello a pesar de las grandes transformaciones en el quehacer periodístico. Como anfitriona y garante el proceso, hizo notar que se consideró en esta primera emisión, la trascendencia del trabajo periodístico como coadyuvante de la prevención del VIH/sida que aún cobra numerosas vidas.
Sara Lovera, quien fue jurado del concurso, contextualizó que los primeros casos de esta enfermedad se dieron a conocer hace 25 años en México, cuando "estereotiparon a las prostitutas y homosexuales, generó exclusión, discriminación y dejó de ser una muerte en automático".
Miriam Ruiz, representante de AHF, señaló que al concurso llegaron siete trabajos de gran calidad y que el objetivo es que el tema siga en la agenda de los medios de comunicación para que pueda lograrse una mayor difusión y prevención.
German Martínez Blanco, integrante de AHF, consideró muy importante tener un tratamiento cuidadoso respecto al VIH/sida en los medios ya que se pueden generar estereotipos y estigmas. Por ello, dijo, este tipo de trabajos en los que relatan diversa realidad acompañados de una investigación exhaustiva son muy valiosos.
Este concurso se llevó a cabo también en Guatemala, Brasil, Argentina y Perú.

 

Por Soledad Jarquín y Zayra Hernández
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Oaxaca. México, febrero (SEMlac).- Como en el siglo XV la Celestina, en pleno siglo XXI mujeres y hombres hacen pactos, usan rituales para sentirse amadas o amados, o conseguir una pareja.
En todas las ciudades de México hay quien puede hacer "esos amarres", realizar rituales esotéricos, "terapias", limpias y otros "trabajitos".
La psicóloga Ita Bico Cruz López refiere que existe una demanda sobre estos servicios, lo que se aprecia ante la infinidad de anuncios en los postes de luz, en las cabinas de los teléfonos públicos e incluso a través de medios de comunicación o la internet, resultado de una sociedad que promueve las prácticas codependientes, donde las personas no pueden vivir en soledad o no pueden desarrollar otras formas de amor que no sean con una pareja.
En los mercados públicos o en el centro de la capital oaxaqueña, entre hierberas y curanderos, destaca el aroma de los inciensos que se confunden con las fragancias dulces y a veces sofocantes de las lociones, veladoras multicolores que al ser encendidas y tras breves, pero muy precisos rituales, cumplen con sus funciones mágicas para exaltar la ilusión y la fantasía de quienes buscan la suerte en el amor.
Quienes se dedican a curar el mal de amores o a limpiar el aura para atraer al ser amado, aseguran que en febrero, por el Día del Amor y la Amistad, su clientela está compuesta más por mujeres que por hombres.
"En estos días aumenta la venta de veladoras, amuletos, perfumes y jabones elaborados para el amor…pero hay también quienes solicitan amarres para la persona amada", señala Erika Montesinos, de El Ritual, negocio ubicado a sólo dos calles del Zócalo.
Las más socorridas, añade, son las veladoras de canela y coco, utilizadas para los encuentros pasionales.
"Hay clientes de una sola ocasión, pero hay otras que 'le agarran el gusto' y lo hacen con mucha frecuencia en busca de trabajitos", dice mientras muestra que ha preparado "paquetes" para estos días, en dependencia de la necesidad de las personas.
La efectividad de las Celestinas del amor en el siglo de las tecnologías, junto con los curanderos, brujos, maléficos o hechiceros, está relacionada con el costo del trabajo que oscila entre los 100 y los 5.000 pesos (entre cinco y 250 dólares).
Sonia Vera es una clienta habitual. "Tal vez sea por inseguridad, pero yo necesito hacer esto, me gusta, me siento bien cuando hago estos rituales", expresa.
"Empecé visitando a Javier, un médico certero en la lectura de cartas, me sorprendió siempre porque su clarividencia no fallaba; luego descubrí los rituales para tener amor y guiar desde ahí mi destino", dice y afirma que lo importante son los resultados.
¿Es decir, no tienes problemas con tu pareja?
"No. Siempre hay problemas, incluso he tenido varias parejas, pero siento que me ayuda a encontrar los caminos, mi luz, a tomar decisiones en momento difíciles", añade.
La psicóloga Cruz López cita al psicoanalista y psicoterapeuta floral Edward Bach, quien planteaba: "¿Por qué si nos va tan mal en el amor lo seguíamos buscando? Y su respuesta también fue certera, al señalar que cuando el amor sucede, el alma se encuentra un poco cosida al cuerpo".
La colaboradora de la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca explica que el amor, sin duda, está más allá de las teorías.
Eso explicaría por qué se busca tener suerte en el amor mediante estas acciones, para valerse de situaciones externas a fin de ser merecedoras del amor de esa otra persona, funcione o no.
Miriam Mendoza muestra algunos de esos "secretos" para curar el mal amor. En su puesto del mercado Benito Juárez, refiere que un amarre se realiza con veladoras, a las cuales se les introduce la fotografía del ser amado o la imagen se cubre con miel, "eso es muy efectivo".
Pero los resultados -explica otro curandero de amor, Apolinar López- dependen de la fe de la clientela y también del carácter, débil o fuerte, de la persona a la que se dirige el trabajito.
El esoterismo es una válvula de escape con mucho éxito para cientos de personas que ha fomentado un enorme mercado en el ciberespacio, donde se pueden leer, ver y escuchar toda clase de consejos para que el amor no falte o para atraer a la persona amada.
Un mercado lucrativo, entre pagano y religioso, para las y los hechiceros del amor, la industria de las veladoras rosas; la promoción del arcángel Charbel, a quien se le atribuyen milagros de amor; lociones, prendas específicas, flores y sobre todo "una consultoría especializada" a través de la lectura de cartas, talismanes, horóscopos y un sinfín de rituales, que desde la psicología "son rasgos de codependencia porque no pasan por el libre albedrío de las otras personas".


Por Gloria Analco
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México, febrero (SEMlac).- Cada 15 minutos, al menos cuatro personas son víctimas de homicidio en América Latina y el Caribe, y entre 2003 y 2011, la región mantuvo la indeseable distinción de ser la más violenta del mundo, con 23.9 homicidios por cada 100 mil habitantes.
Durante esa misma década, la región experimentó avances económicos y sociales sin precedentes al reducirse la pobreza extrema en promedio a menos de la mitad y llegar a 11,5 por ciento.
La desigualdad en el ingreso, en ese mismo período, se redujo más de siete por ciento en el índice de Gini (indicador de la desigualdad de los ingresos dentro de un país), y por primera vez la región contó con más personas de clase media que están viviendo en la pobreza.
Eso reveló el nuevo informe del Banco Mundial, dado a conocer el pasado día 7, titulado "Fin a la violencia en América Latina: una mirada a la prevención desde la infancia hasta la edad adulta", en el cual afirma que la violencia sigue siendo un reto importante para la región.
Recalca que los importantes logros económicos y sociales de la década anterior no repercutieron en una disminución de la violencia, sino que incluso se aceleró en la segunda mitad.
De las 50 ciudades más violentas del mundo, 42 se encontraban en la región en 2013, y entre 2005 y 2012 la tasa de crecimiento anual de los homicidios fue tres veces más elevada que la de crecimiento poblacional.
Para hacer frente al costoso problema del crimen y la violencia, el Banco Mundial considera que la región de América Latina y el Caribe es necesario aumentar los esfuerzos de prevención basados en una comprensión más clara de sus causas y de aquellas políticas que han demostrado su eficacia.
"No es de extrañar que el número de latinoamericanos que mencionan al delito como su mayor preocupación se haya triplicado en estos años", afirmó Jorge Familiar, vicepresidente de la Región de América Latina y el Caribe del Grupo Banco Mundial, durante la presentación del informe.
Por mucho tiempo, comentó, la lógica parecía irrefutable: el crimen y la violencia históricamente se creían síntomas de las fases iniciales del desarrollo de un país que se podían "curar" con crecimiento económico y reducciones de la pobreza, desempleo y desigualdad.
No obstante, dijo, esa percepción cambió puesto que ahora los estudios muestran que el desarrollo no necesariamente brinda mayor seguridad en las calles.
Recordó que entre 2003 y 2011, el crecimiento regional anual promedio en América Latina y el Caribe, excluyendo la crisis mundial de 2009, alcanzó casi cinco por ciento.
Más aún, señaló que la tasa de crecimiento entre el 40 por ciento más pobre de la población eclipsó a la del mismo grupo en todas las demás zonas del mundo.
Consideró que para tener éxito, la región necesita construir un tejido social más inclusivo y con mayor igualdad de oportunidades, así como implementar políticas de prevención que hayan funcionado en disminuir la violencia, tales como la reducción de las tasas de deserción escolar y el aumento de empleo juvenil de calidad.
Incluso, dijo, las políticas de salud deben ser consideradas para prevenir y "tratar" la delincuencia, la violencia y la agresión, así como una mejor nutrición como tratamientos de salud mental que pueden ofrecer resultados prometedores.
Reconoció que la eficacia de muchas de esas políticas preventivas depende en gran medida de la capacidad institucional para implementarlas, ya que la prevención del delito puede ser claramente más exitosa en un contexto en el que la población confía en instituciones como la policía o el sistema judicial.

Por Ilse Bulit
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La Habana, diciembre (SEMlac).- El sonido de la marimba le hizo perder el equilibrio. El chillido de la madre la regresó. Lastimó su piel de cebolla seca. Le apretó el brazo porque, esta vez, ella necesitaba sostenerse. Camila caminaba al suplicio con la alegría de llevar la vida en su vientre. El hombre miraba al sudeste porque la desesperación reinaba en los otros puntos cardinales.
La bella envejecida bailaba una rumba en el escenario destruido del Alambra. Las imágenes de los filmes le entorpecían el paso hacia el cuarto de aseo. La madre se dejaba llevar sin oposición. Quizás la marimba del tema de aquel festival de cine vibró en algún segmento de su cerebro. Porque ella también gustaba de las películas, así siempre las llamó, pero prefería las románticas de finales felices, no esas que agrandaban, en pantallas gigantes, las desventuras diarias de la realidad.
La bañó, la secó, le revisó las escaras. Las tenía controladas con la última crema enviada por el nieto. Accedió a acostarse. La cama pegada a la pared ayudaba a la seguridad. Colocó los butacones, le impedirían la caída. Si durmiera un rato, lavaría la ropa de la noche, hasta leería la revista prestada por la vecina.
Sonó el teléfono. Reconoció la voz convocada también por la marimba, todavía no afectada por el efecto de los años. La obligó a compartir con él los recuerdos. Asaltaban en grupos las filas de los cines. La táctica era sencilla. Uno o dos escapados de clases se dedicaban a marcar en dichas largas colas de cinéfilos ansiosos de la apertura de las tandas.
Ya en días anteriores, programación en mano y por decisión democrática de mano alzada, decidieron los filmes a visionar. Casi siempre eran las chicas las dedicadas a marcar los turnos, pues con la gracia de la juventud hacían relaciones con los presentes en evitación de disgustos ante la llegada de la avalancha estudiantil. Corrían de un cine a otro. Engullían las meriendas traídas para no perder tiempo en espera del despacho de las cafeterías. Las amables muchachas tenían en cuenta el olvido o haraganería de los varones y compartían las provisiones.
El Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana constituía una fiesta extendida, año tras año, punto de reunión de aquel grupo de cinéfilos incontrolable.
Después de graduados, inmersos en labores, movidos de aquí para allá, los casamientos, los hijos, rompieron aquellas escapadas, pero siempre existían filmes que los convocaban y, tras complicadas estrategias familiares y laborales, se encontraban, diezmados por el arte de emigrar y por la desembocadura de las enfermedades y los primeros encuentros con la muerte.
Hacía años que ella no respondía al llamado de la marimba de la publicidad sonora del festival habanero. Era la protagonista principal de un filme interminable. Encarnaba el papel de cuidadora de una anciana con Alzheimer avanzado.
Este año, la voz del teléfono no suplicaba, exigía. Había comprado entradas para todos los días. Ella podría asistir cuando le conviniese. Un ruido llegado del dormitorio la sobresaltó. No coordinó el pensamiento, respondió un sí. Colgó y corrió. La madre trataba de saltar de la cama. Llegó a tiempo.
Desde esa llamada, las escenas de filmes, los rostros de los antiguos compañeros de la universidad, mezclados en la imaginación. Merecía un descanso, un respiro. Urdió el intento. Solo por unas pocas horas abandonaría a la enferma. La dejaría bañada, almorzada, los pañales dispuestos, los medicamentos.
Decidida, llamó al hermano. No lo dejó hablar. En un torbellino de palabras le expresó su plan desmenuzado hasta las más mínimas posibilidades. Él atendería a la anciana en esas horas señaladas con tiempo. Tajante, llegó la respuesta negativa. Desbordada la de ella. Todas las horas acumuladas del encierro obligatorio con ejemplos contundentes le brotaron en una voz desconocida. Para el hermano solo existía una razón gritada. "¡Tú eres la hija y a ti te toca…!". ¿Estaba escrito en las tablas, en la base de las Pirámides, también la serpiente emplumada lo ordenaba?
Durante varios días duró el ajetreo telefónico. Ni por el fijo, ni por el celular contestaba el hombre y, cuando lo hacía, se apertrechaba en la única conclusión: "a ti te toca porque eres la hija". La culpa la sentía sobre los hombros. La responsabilidad la asumió en un principio porque era la hija, la mujer. La injusticia escapada por la crianza recibida de la propia madre. Al hermano y al nieto "les tocaban" proveer de alimentos, medicamentos, dinero.
La rebeldía aumentó al escuchar la noticia en el radio acompañante en sus idas y venidas encerrada, en la casa. Tal día y a tal hora se exhibiría una copia remozada del filme cubano Memorias del subdesarrollo. Quería verla. Necesitaba verla. Aquella escena de la madre sosteniendo el blúmer ensangrentado de la hija era el resumen de los atavismos y violencias que cercaban a la mujer.
En todos estos años de desarrollo de campañas, ¿cuántas cercas habían saltado? ¿Cuántas, todavía enmascaradas por las costumbres familiares? ¿Cuál era el límite entre la responsabilidad social y el egoísmo personal? Con tiempo fijó el mensaje en los teléfonos. "En la tarde de tal día, no estaré en la casa". Y lo repitió en días continuos.
Hoy fijó el recado en la mañana. Está ataviada con la prenda que ocultaba mejor su cuerpo adelgazado y el doblez de la espalda producida por el peso de la anciana. Dejó conectado el radio para entretener a la madre. Suena la marimba. La llama. Está detenida frente a la puerta de salida. Paralizada por los siglos de los siglos de amor y sumisión.

 


Por Dixie Edith
(
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La Habana, noviembre (SEMlac).- "Vivo en el Cerro, específicamente en el glamuroso Consejo Popular Las Cañas, territorio ilegalmente ocupado por el reguetón...pero este domingo triste lo habita el silencio", escribió la joven periodista Leticia Martínez en su perfil de Facebook.
Residente en uno de los más populosos barrios de La Habana, el testimonio de Martínez resume de alguna manera la cotidianidad de Cuba desde la noche madrugada del pasado 25 de noviembre, cuando se anunció el fallecimiento del líder histórico de la Revolución cubana, Fidel Castro.
Con 90 años cumplidos el pasado 13 de agosto, Fidel encabezó las principales transformaciones sociales que experimentó Cuba desde 1959; también aquellas que garantizaron el acceso de las mujeres a la educación, el deporte, la cultura, la salud, incluida la sexual y reproductiva y la igualdad frente al empleo.
"Fue una persona que nunca nos abandonó y nos acompañó en cada éxito o desilusión que tuvimos los atletas cubanos en Juegos Centroamericanos y del Caribe, Panamericanos o Juegos Olímpicos; siempre estuvo ahí mostrando su apoyo incondicional. En cada medalla conquistada estará presente su inmenso legado, ese que nunca olvidaremos, aseguró a la televisión nacional la campeona olímpica de atletismo Ana Fidelia Quirot.
"Si bien Martí decía 'ser cultos para ser libres', Fidel entendió que para que el pueblo razone, sea intelectual, emprendedor, también necesita sentir, soñar, emocionarse, y eso lo entrega el arte, lo entrega la cultura que nos hace humanos", dijo, por su parte, la primera bailarina del Ballet Nacional de Cuba, Viengsay Valdés.
En línea con el sentimiento popular, el Consejo de Estado de la República de Cuba declaró nueve días de Duelo Nacional, a partir de las seis de la mañana del domingo 26 de noviembre, hasta el 4 de diciembre, día en que se inhumarán las cenizas del líder en el Cementerio de Santa Ifigenia, en la provincia de Santiago de Cuba, a más de 600 kilómetros de La Habana.
Razones para un duelo compartido
A Inocencia Cardet la vida le cambió la primera vez que escuchó hablar a Fidel Castro, tan temprano como el primer día de enero de 1959. Nacida en Santiago de Cuba, tenía apenas 18 años cuando triunfó la Revolución y el líder entró en su ciudad natal.
"Estaba loca por salir a la calle pero no veía la forma de escaparme de mi papá y de mi novio, con quien ya estaba a punto de casarme. Aunque esperaba mi boda con mucho embullo, también quería hacer otras cosas, pero a las muchachas de antes eso no se les permitía", contó hace unos años en entrevista con esta reportera.
"Finalmente mi papá salió y mi novio no andaba por todo el barrio y me fui a oír a Fidel. Ese discurso me cambió la vida".
Las mujeres son "un sector de nuestro país que necesita también ser redimido, porque es víctima de la discriminación en el trabajo y en otros aspectos de la vida", aseguró Fidel Castro aquel día, en el santiaguero Parque Céspedes, y llamó a las cubanas a ser parte del proceso de cambios que comenzaba en el país.
Cardet siguió el llamado al pie de la letra y le costó no pocos tropiezos en casa. El padre, aunque con trabajo, "poco a poco fue entendiendo", pero el novio nunca quiso dar su brazo a torcer y "el vestido de la boda quedó colgado en el escaparate; creo que lo usó mi hermana", narró.
A mediados de 1960, ya la muchacha era parte activa de las jóvenes que en su ciudad fundaron la Federación de Mujeres Cubanas (FMC). Esta santiaguera murió hace dos años, pero probablemente hubiera manifestado iguales sentimientos que los compartidos por Martínez, Quirot o Valdés.
Como ella, otras muchas cubanas sintieron su suelo removido con las palabras de Fidel en aquel primer discurso público, donde reconoció a las mujeres como una fuerza imprescindible para hacer caminar el proyecto social que soñaba para la Isla.
Los cambios se sucedieron, uno tras otro, durante los primeros meses de 1959 y continuaron durante las décadas siguientes.
"Si a nosotros nos preguntaran qué es lo más revolucionario que está haciendo la Revolución, responderíamos que lo más revolucionario que está haciendo la Revolución es precisamente esto" (la movilización de las mujeres), reflexionó Fidel Castro en 1966, durante la clausura de la V Plenaria Nacional de la FMC.
"Nuestro objetivo fundamental siempre fue lograr la plena participación de las mujeres en la vida económica, política, cultural y social del país, en igualdad de oportunidades y posibilidades con los hombres. Fidel fue promotor de ese pensamiento", aseguró a la quincenal revista Bohemia en el año 2000, Vilma Espín, presidenta de honor de la FMC.
Entre las tareas pioneras de aquellos años, acaparó empeños lograr el acceso al empleo en igualdad de condiciones que los hombres. 
Venciendo no pocos obstáculos, la herencia machista quizás el mayor de ellos, la naciente FMC fue casa por casa, incorporando de manera creciente a la mujer a la vida socialmente activa, como estudiante o como trabajadora, provocando cismas al interior de no pocos hogares.
"Cuando me fui a alfabetizar, mi papá dijo que no me quería más en la casa, que eso no era cosa de mujeres. Pero cuando volví, meses después, descubrí que le había contado a todo el barrio que su niña era maestra voluntaria y que se había echado la culpa de la ruptura de mi noviazgo ante algunos chismes, aunque él no había tenido nada que ver", recordó Cardet en la citada entrevista.
Para potenciar la educación de las cubanas, a partir de 1961 se iniciaron planes educativos sin precedentes en el continente, estimulados por Fidel desde la dirección del Gobierno.
Así nació el Plan de Educación para Campesinas Ana Betancourt, donde miles de muchachas, procedentes de las áreas rurales, recibieron clases de corte y costura, superación cultural y una preparación esencial que las capacitaba para actuar como agentes impulsores de los cambios sociales en sus comunidades.
Si la Campaña Nacional de Alfabetización de 1961 tuvo el valor enorme de enseñar a leer y escribir a más de 700.000 personas en pocos meses; al proyecto de las Ana Betancourt dotó a las mujeres de los campos no solo de conocimientos en letras y números, sino de herramientas para entender -y emplear- los cambios que la Revolución ponía en sus manos.
El 11 de diciembre de 1961, en la tercera graduación de la escuela Ana Betancourt, Fidel Castro hizo un balance del proyecto.
"Hace un año ustedes no tenían la experiencia que tienen hoy, hace un año no tenían los conocimientos que tienen hoy, hace un año no sabían lo que saben hoy, hace un año no podían comprender las cosas que comprenden hoy; hace un año, muchas, posiblemente, no habían estado en escuela alguna (…), muchas no tenían una tarea que realizar, no tenían una misión que cumplir", sentenció.
A esta escuela pronto se sumaron las de superación para las trabajadoras domésticas y las que prepararían a las directoras, asistentes y educadoras de otro programa de estreno: el de los Círculos Infantiles (guarderías).
A conquistas como la plena integración al trabajo "en la calle", el fortalecimiento de la independencia económica, las opciones de estudio, se sumaron la legalización del aborto, y con ella, la libertad para elegir el número de hijos; además de cultura, alfabetización y atención médica gratuita.
"No solo es justo que la mujer tenga oportunidad de desarrollar su capacidad en beneficio de la sociedad, sino que también es necesario para la sociedad que la mujer encuentre todas las posibilidades de desarrollar plenamente sus capacidades", reflexionó Fidel durante el Primer Congreso de la Federación de Mujeres Cubanas, en 1962.
La contradicción entre el espacio abierto a nivel social a favor de las mujeres y la permanencia de no pocas tradiciones patriarcales al interior de la familia y de muchas otras áreas de la vida nacional confirmó una certeza demostrada por especialistas diversos: los cambios políticos, jurídicos, legislativos, caminan más aprisa que aquellos que involucran a la cultura y a las costumbres.
Así lo reconocía Fidel en 1985, durante el Cuarto Congreso de la FMC: "una de las tareas más difíciles de la Revolución, la más prolongada, la más larga en el tiempo para alcanzarla, está relacionada con la cuestión de la discriminación de la mujer".
Muchas cubanas en estos días reconocen ese legado humanista.
También desde su perfil en Facebook, otra periodista lo prueba: "Fidel nos dio lo más preciado para cualquier ser humano: la dignidad. La dignidad para la mujer, para el negro, para todos. Sin dignidad no imagino la vida. También nos enseñó a ser optimistas, algo fundamental para cualquier empresa", escribió Marisela Pérez Unday.

Por Ilse Bulit
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La Habana, noviembre (SEMlac).- La nieta le entregó el correo, con cara de pregunta. Eso de que una anciana de más de 70 años reciba un correo de un bostoniano, cuando en el extranjero no tienen a nadie, ni siquiera en Miami, merece investigación. Y si la llama Bebita, como la llamaba el abuelo muerto, aunque pidiéndole permiso para el chiqueo, exige una aclaración.
Además, aclaración obligatoria porque este hombre desconocido localizó a la abuela mediante su dirección en Facebook, por la coincidencia en ese nombre raro de las dos y confirmada por las fotos familiares colocadas y donde esa abuela independiente, declarada por ella misma la primera liberada de la familia, aparece en carcajada abierta, preferentemente junto a las jóvenes.
La anciana, primero, no reconoció el nombre del firmante. Entre las fallas percibidas y bien disfrazadas para la familia, se estrenaban los baches en la memoria. El recuerdo en los ancianos transita en locomotoras de vapor y demora en arribar al andén de la memoria.
Al fin, en una exclamación alegre parecida a un pitazo, visualizó aquel rostro afeado un poco por algunos granitos en la frente y unos dientes grandes, pero con unos ojos verdes y unas pestañas envidiadas por las compañeras de curso.
Con sonrisa embelesada en ristre, leyó de corrido el correo porque la nieta lo copió en letras grandes, impreso en un papel reciclado y no en aquel onion skin de las antiguas cartas. Estaba redactado en el español habanero de los años cincuenta. Respetuoso, muy respetuoso.
Le preguntaba si podía visitarla porque planeaba una estancia en la ciudad del nacimiento de los dos. En la despedida, se notaba una pizca de temor al rechazo en esa frasecita de "perdona si te causo molestias, no es mi intención".
A la mañana siguiente, la nieta recibió la respuesta. Para la abuela, ningún secreto podría esconder ese rostro. Y criada por ella a su imagen y semejanza, la muchacha le expresó su disgusto al leerla. Eso de decirle al bostoniano que lo esperaría con unos cascos de guayaba y que juntos recordarían la regla de tres --frase incógnita para sus oídos y posible envoltura de una pareja abierta--, le parecía demasiado atrevido para sus años.
A la abuela más le molestó el desconocimiento de la Aritmética antigua, porque la alusión erótica le reafirmaba que los jóvenes cercan y juzgan a sus antecesores por las leyes que ellos mismos saltaron.
Así que ella sí tenía que aceptar el nuevo significado del vocablo novio. Cerrar los ojos a las fórmulas del amor moderno en sus rápidos pasos del flirteo, si lo había, al uso de la cama, con sábanas o sin sábanas, para los fines proclamados por el poeta.
Durante un mes, por la parte cubana, el ciberespacio se relamió con evocaciones a las tandas domingueras de muñequitos en los cines de barrio, los episodios de Los tres Villalobos en la radio, las excitantes lecciones de Anatomía, Fisiología e Higiene en la escuela mixta a que asistían, moralmente separados por sexos en dos filas en las aulas y los pocos juegos en que podían participar unidos niñas y varones a la hora del recreo.
Llegaron juntos hasta el octavo grado, cuando los ojos verdes de él llamaban la atención nunca confesada en aquella fecha y ahora, a pesar de la nieta estrenada mojigata, la anciana confirmó en uno de los correos.
De la despedida mar por medio, ni una palabra escrita porque en ese asunto los padres fueron los ejecutores. Al fin, unas líneas cortas le indicaban la llegada y le pedían día y hora en que podía visitarla. Fijó las tres de la tarde porque a esa hora, libre de secretas intenciones, todavía estaría sola en la casa y degustarían los casquitos de guayaba, mientras desbordaban el contenido de sus vidas.
Aquellos ojos verdes la incitaron a pedirle a la peluquera el esmero en el pelado y el tinte. Al pasar revista al ropero, comprobó la falta de renovación que no correspondía a la muerte del interés personal, sino al fallecimiento mensual de la jubilación en pocos días.
Se conformó con la elección de un vestido que, en su anchura, escondía las grasas sobrantes. Al sonido del timbre a las tres de la tarde, la asaltó el nerviosismo. Abrió la puerta y encontró aquellos ojos verdes en el rostro de un anciano poco arrugado, bien afeitado y de sonrisa perfecta de dientes implantados. El pelo canoso con el brillo del enjuague asomaba en la gorra blanca desprovista de anuncios. En las manos, un ramo de rosas amarillas, tan frescas que no parecían naturales.
Pidió permiso para darle un beso y de ella nació el abrazo sincero de una adolescente al condiscípulo reencontrado. A partir de ese instante, ensayaron a ser un par de niños de paseo después de un largo turno de clases.
La sobria elegancia del bostoniano-cubano de sencilla camisa blanca de buena hechura y tela, el jean azul hermanado con los zapatos de gamuza de corte bajo y una única cadena fina de oro al cuello, no despertaban curiosidad y menos por la imagen de la acompañante de su misma edad. A paso lento caminaban por las calles antes correteadas.
Cuidadoso al máximo, solo en los ojos reflejaba la tristeza ante el cine destruido y no preguntaba el porqué de las aceras lastimadas que ella sorteaba en pleno conocimiento de cada hendidura. El adelantó la posibilidad de visitar la escuela de los primeros grados, a lo que la compañera contestó que allí cursaron también sus hijos y sus nietos y ella había sido madre combatiente.
Por única vez, los ojos verdes mostraron miedo y ella respondió entre risas que así nombraban a las progenitoras que colaboraban junto a las maestras en excursiones y otras tareas, aunque no negaba que en alguna que otra ocasión, la tenencia de una pistola de agua, por lo menos, era necesaria para dominar a los pequeños.
Él la entendió mejor durante la visita a la hora del recreo. La gritería entre niños y maestros lo aturdió y se hizo el desentendido al escuchar dos o tres vocablos mal sonantes dentro del bullicio atronador. La antigua condiscípula trataba de encontrarle el alma y descubría que aquí y allá, a los hombres los amaestran en renegar de la ternura.
En sus palabras precisas no revelaba intenciones y menos, opiniones, pero su celular no penetraba en las grietas de la ciudad. Adivinaba balcones, oculta la fealdad con plantas trepadoras de flores olfateadas desde la calle, rostros de niños a la salida de la escuela, ancianos como ellos en ejercicios orientales en los parques o paseando perros mestizos cuidados como los de pedigrí legítima.
A la nieta, el anciano le parecía un poco raro y las suposiciones de un enamoramiento de la abuela la mermaron. Desgraciadamente, no estaba acostumbrada al trato caballeroso. En verdad, había regresado fino este cubano-bostoniano. Necesitaba más cubiertos en los restaurantes cuando ella aceptaba por correcto la puesta de la cuchara, el tenedor y el cuchillo, porque la cucharita del postre vendría con el postre. Jamás le confesaría lo mucho que peleó para que los hijos perdieran la costumbre traída de la escuela, la de comer solo con cuchara.
Aquella tarde decidieron marchar al Malecón. La caída del sol en el mar lo distrajo de las latas tiradas contra los arrecifes. Por repetida, la puesta no se repetía y a ella también la doblegó. La habanidad los aplastó a los dos y ese día, más que nunca, retornaron a la inocencia de los niños de aquellas épocas pasadas. Aquel anciano, tan medido en el decir, descubrió las intenciones del regreso. Habló.
No temía a los fríos bostonianos en sus huesos envejecidos. Existía la calefacción y el dinero de un profesor universitario jubilado. El hijo andaba por el mundo porque allí también se emigraba en busca de puestos con mejor salario, en África o los países árabes. Y en algunos años, del apartamento confortable pasaría al hometambién confortable.
A ese final predestinado no se conformaba. Quería elegir su destino. La moda de visitar La Habana le llegó a Boston en los videos y fotos de amigos estadounidenses. Y al reconocerla en Facebook, ella constituía un posible enlace de carne y hueso; decidió la aventura.
Esta Habana se le escapaba en contradicciones incomprensibles. No era la dejada atrás, la inmutable en la memoria. Unos adolescentes podían empujarlo para adelantar en la acera y a la vez advertirle con un "viejo, allá adelante hay un hueco lunar y te vas a joder un hueso". O en el almendrón, entre gentes apretujadas, enterarse del día a día de todos, hasta del chofer que, descuidando el camino, entraba en la conversación.
Entrenado por años en la toma de decisiones, solo los ojos mojados demostraron emoción: "¿Me ayudarías a internarme en nuestra ciudad?"
La libido alimentada por los primeros correos y el recuerdo de aquellos ojos verdes yacía vuelta al orden. Este encriptado amigo regresado le provocó ternuras. Despertó a esa gallina eterna cuidadora de pollitos que hace lanzarse al paritorio a mujeres cuarentonas. A ella también la sobresaltaba la ciudad y más cuando la nieta le echaba sobre los hombros todas las culpas justas e injustas descubiertas en su estreno independiente.
No necesitaron palabras. Ella contestó con una cálida sonrisa de dientes "Made in Cuba".

Por Ilse Bulit
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La Habana, julio (SEMlac).- Nunca imaginó el batallón de personas que componían un colectivo de televisión. Le invadieron la sala y la viraron al revés. Quitaron las cortinas que tanto le costó planchar. Y les molestó el brillo del espejo que tanto le costó limpiar.
Haría varias coladas de café. Preparó suficientes bocaditos y jugos para los técnicos y los insaciables nietos que revoloteaban por la cocina. Estaban bellos en sus uniformes limpios y bien planchados. Obtuvo el permiso de las tres escuelas para las ausencias con las palabras mágicas que también conmovieron al vecindario. ¡Viene la TV a entrevistar a mi hija, la científica premiada!
Uno, presentado como el coordinador, tal vez el más curioso, le preguntó lo de los tres muchachos de tamaños tan diferentes. La anciana, acorralada en la cocina, explicó en su palabra fácil, pues no carecía de estudios. La hija y ella también quisieron siempre una niña, pero los tres matrimonios infructuosos les regalaron estos tres "zangaletones".
El joven no entendió las últimas palabras, pero corrió con la noticia al entrevistador, quien lo apreció, pues al carecer del andamiaje científico, podría escapar por la vertiente materna de la premiada.
A la hija, más que a éste, le sirvió para mostrar y demostrar ante las cámaras las piedras diseminadas en el camino de una profesional competente. Mantenía las mejores relaciones con sus ex. Eran buenos padres. Pero… les resultó imposible comprender y aceptar una esposa integrada a tiempo completo en un equipo interdisciplinario.
Desde la cocina, la anciana observó la grabación. Estaba orgullosa. Esta hija era su realización. Pasados apenas los 40 años, exhibía un cutis felicitado por la maquillista. Acostumbrada a defender sus tesis en un grupo de excelencia y dominadora del lenguaje extra verbal, condujo al entrevistador hacia sus intereses.
Además, el niño, el adolescente y el joven eran pruebas palpables de una mujer triunfadora y vencedora de escollos. Los tres hablaron en la variante cubana del español, liberados de palabras mal sonantes. Desde el director hasta el chofer, asombrados comprobaron la veracidad de una familia funcional regida por una mujer inteligente y bella, de contra, y no un montaje escénico para la visita audiovisual.
El diseño del espacio se rindió a sus pies. En un leve instante, sus ojos miraron a la mujer asomada a la puerta de la cocina. Le dedicó palabras afectivas y emocionantes para la futura audiencia. El director envió al camarógrafo apertrechado de órdenes concretas. Nerviosa, la anciana lavó por enésima vez la cafetera y la cargó de un polvo invisible, mientras la cámara tomaba sus manos, su espalda, su perfil, el reluciente fregadero y los enseres de cocina alineados en orden casi militar en el estante.
Para la programación de la TV no existe varita mágica ni rezos a las vírgenes o los orishas hembras. Demora. La abuela, los nietos, el barrio estaban a la espera desesperada, no así la protagonista. Luchaba --perdón, no es la palabra propia en este caso--, persistía en la publicación de sus últimos resultados investigativos en una prestigiosa revista científica extranjera. Agradeció, en su modulada voz, el aviso de la puesta en pantalla y lo comunicó a la madre. Esta la prodigó en las tarimas de la carne de cerdo, entre los sacos de malangas rociadas de agua, en la fila de la farmacia, en la cesta del yerbero, en el parqueo de los bici-taxi y los almendrones.
Esa noche, ampliada la sala con los sillones del portal. El hijo joven y la novia de turno. El hijo adolescente y la amiguita de turno. El niño todavía en solitario. La protagonista y la anciana juntas, en una especie de sofá moderno. La última, atenta a las urgencias del grupo. Agua fría, jugo, pasteles, todo a la orden. Y la pregunta de rigor entre las mujeres. ¿Alguien desea pasar al cuarto de aseo? Silencio todos. ¡Al aire!
La entrevista transcurre según los intereses de la entrevistada. Concordancia total entre los inteligentes y reales planteamientos y la imagen presentada. La bella cuarentona en un vestuario de moda, sin exageraciones; unos hijos de aspecto saludable en sus uniformes escolares; un hogar en que la comodidad y el buen gusto se hermanan. Todavía el periodista se despide y ya el teléfono fijo y los celulares suenan. Los hijos y la madre abrazan a la triunfadora. Y Las muchachas invitadas la colocan en un ejemplo femenino a seguir.
Pasan a responder las llamadas y atender a los vecinos llegados a la puerta. La organizada anciana previó el éxito del programa y se escurre a la cocina, que hay copas y pequeños vasos donde distribuirá un vino casero. Prepara la bandeja, se detiene. Repite en su mente los breve segundos de su imagen en la pantalla. En la cocina, como ahora, en la cocina. Y toma conciencia de la invisibilidad del heroísmo casero. La cámara se perdió la otra parte de la historia. Ella era la coprotagonista en ese hogar funcional admirado esa noche por los televidentes.

 

 

guanabacoa01La Habana, 7 de noviembre 2011 (Especial de SEMlac).- Anna Mairilys Daria Viciedo dirige una unidad de producción agrícola en la periferia de La Habana. Ya no importa cuánto le ha costado, solo sabe que hoy pertenece a ese espacio.

La suya se conoce como Unidad Básica de Producción Cooperativa (UBPC) Cinco Palmas, en Guanabacoa, y dispone de 3,17 hectáreas de tierras, en varias fincas dedicadas fundamentalmente a la producción de hortalizas, posturas y plantas ornamentales. Bajo su mando hay 19 trabajadores, de ellos, cinco mujeres.

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