Cuba: La fuerte razón de la ternura

Por Ilse Bulit
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La Habana, mayo (SEMlac).- Por el vestido nuevo ajustado a la casa, lo felicitaban los vecinos. Él sonreía. No gastaba el tiempo en discusiones banales. Esa cerca de bloques lo alejaba del prójimo. Las ampliaciones desdibujaban la línea original de la vivienda fundadora.
Cada mañana, al enjuagar la taza del café madrugador, recordaba que a ella nunca le pudo ofrecer las ventajas del chorro caliente. La hija le hizo la oferta en tono de ofrecimiento. En los ojos del marido brillaba el precio de venta del apartamento situado en el corazón del Vedado, con el aditamento de la vista al mar habanero.
Hablaron de su viudez en soledad, de la reunión de la familia. Él sabía que reunión no significaba unión. El perdería la potestad en los actos individuales, se le disolvería el mando. Emprendería un camino hacia el final, su final. La hija apretaba la mano del niño también incluido en la oferta, quien lo observaba con curiosidad en un olisqueo de cachorro ante el perro mayor encontrado en la calle.
Restaurar, reconstruir, reparar, remodelar son verbos de difícil conjugación en La Habana. Significa cruzar los dedos para la suerte, arrodillarse en plegaria o llenar de frutas la cazuela de los orishas para encontrar operarios experimentados. Serán tratados a cuerpo de rey, sonrisas agradecidas perpetuas en los labios, mientras los ojos les controlan, o por lo menos intentan controlar, la hechura correcta del proyecto.
Esta operación de controlar lo desconocido por parte de los padres, otorgó libertad al hijo, quien descubrió la emoción de abrir las puertas de las habitaciones cerradas. Todavía era muy pequeño para que las soluciones de los juegos informáticos le hipertrofiaran la capacidad del asombro ante un escaparate gigante y una bañadera con patas. Así se encontraron el cachorro nieto y el viejo perro guardián abuelo y decidieron protegerse de los cariños equivocados.
Primero, el anciano le abrió la puerta del escaparate misterioso. Tomaron horas en visitar aquel bazar de antigüedades enanas y vacías de valor de cambio. El viejo perro guardián, en ese afán de los mortales de cobrar importancia, no lo alertó.
En silencio abrió la gaveta de las fotografía. Lejanos los descubrimientos del hielo macondiano en esta familia en reestructuración, idéntico asombro provocaron en el cachorro aquellas cartulinas con bichos inmóviles de ojos asustados que miraban a sus ojos también asustados.
En aquel primer día de un encuentro de las culturas a nivel familiar, poco le importaba que aquellos bichos arribados de una isla lejana le regalaran esos ojos azules. Lo atemorizaba esa piel de tela que solo les dejaba al aire las cabezas. En las modas antiguas de los emigrantes, en sus quemados rostros retocados por el sol caribeño, el anciano le narraba aventuras emocionantes, pero defectuosas. No había héroes.
Mientras, en la casa en vías de remodelación, se desarrollaba una trama policial de capítulos interminables y un costo de producción creciente. La madre, en preparación continua de almuerzos y meriendas. El padre, trasmutado de controlador de calidad en asistente de los ayudantes de los albañiles, fontaneros y electricistas.
El niño quedó olvidado en el dormitorio del viejo. El viejo lo tomó para sí, urdiendo un futuro robo a partir de cierto sentimiento dulzón dejado atrás en la niñez propia.
Las mañanas se hicieron para resucitar al jardín. Unos ojos curiosos merecían el disfrute. Si la mano no tenía fuerza para manejar la guataca, la voz la empujaba recordando la historia de cada planta, el día de la siembra junto a la mujer desaparecida.
La abuela tomó presencia en las historias y el cachorro se la dibujó a su antojo, con una rosa blanca en la mano, esa mano tan suave como la de aquella mamá cercana y lejana a la vez, sin tiempo para acariciarlo.
Las tardes, las tardes eran del barrio. La mano adolorida por la guataca, la manita arañada al arrancar las yerbas en ayuda al abuelo, se apretaban en el paseo, recibiendo saludos de los vecinos viejos. Terminaban siempre en el parque todavía ignorado por el Wi Fi y por los jugadores de fútbol.
El anciano, fuera de las historias reales mostradas en las viejas fotos del escaparate, estaba desnudo de imaginación. Entonces, ante la avidez despertada en el cachorro, contaba sucesos reales ocurridos en el barrio.
Buscaba los alegres, los nacidos por bromas adolescentes y a los otros, las aventuras de la supervivencia humana, les cambiaba los finales ganados por la maldad. Los sabía finales torpes, provocadores de dudas. Se arrepentía de no saber ningún cuento para niños. Si le agradó contemplar a la mujer meciendo a aquella niña, hablándole, cantándole, nunca se sintió parte de esa escena. Le dolía ahora la falta de tiempo para una hija conforme con un beso esporádico y la respuesta repetida en la voz de la madre: "papá tiene mucho trabajo".
Las flores respondieron al cuidado de los dos. En palabras cariñosas, el viejo perro guardián transformado en endulzado abuelo le entregó la primera rosa al cachorro por el buen trabajo ejecutado. Alegre el niño, la tomó y evadiendo las latas de pintura --la casa perdía su carta de color original para entrar en la moda--, buscó en un arranque de ternura naciente a la madre disminuida en esos meses. El padre, atravesado en el camino, le arrancó la rosa y la deshojó a fuerza de dedos y gritos. ¿Qué hacía un macho con una flor en la mano?
Arreciaba la dureza ante los pintores, en demostración de hombre dominador de situaciones prevenibles. Lloroso el niño, corrió de vuelta y chocó con las piernas firmes del abuelo. Los dos hombres intercambiaron miradas. Uno de los operarios, el más viejo, recordó la escena de una película del oeste. Pronto sacarían las armas. Esta vez no estaba en disputa el cofre de oro traído en la diligencia. Se pelearía por el corazón virgen de un niño. Lo llenarían de ternura o de dureza. El viejo pintor, también abuelo, apostó por su coetáneo.

 

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